Recuperación magra

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Desde hace muchos años el Banco de la República se ha trazado como objetivo velar por una inflación anual que esté en el rango de 2 a 4 %. Si considerara deseables incrementos en los precios aún menores, los tendría sin duda entre su lista de deseos. El último dato disponible, el de octubre de 2020, traspasa ese piso y corresponde, de hecho, a la menor inflación interanual en más de medio siglo: 1,75 %.

Esa baja cifra hay que entenderla como la consecuencia de dos fuerzas diferentes. La primera, un contexto global que en los últimos 40 años ha combatido con éxito las altas tasas de aquella época. En 1980 tener la inflación baja era exótico en cualquier parte del mundo: tres cuartas partes de los países, incluida Colombia, reportaban cifras de dos dígitos. En 2020, solo 11 % de los países excede ese techo. Hace 40 años solo ocho países tenían crecimientos en sus precios por debajo de 3 %; ahora ya hay más de 70 países en ese rango. El exitoso combate global contra la inflación explica la baja tasa con la cual llegamos a la pandemia.

Las razones de la caída adicional, que nos han llevado a traspasar ese piso, tienen que ver con el desplome de la demanda de bienes y servicios que refleja la difícil situación de muchos hogares en todo el territorio nacional. Con una billetera significativamente más magra en manos de los compradores, los precios aflojaron otro tanto. Así, parte de la razón por la que el dato no es una buena noticia tiene que ver justamente con que es el resultado de una muy mala realidad económica de millones de hogares. Vista así, la inflación tan baja es el espejo de nuestro mal semblante.

La segunda razón por la que una tasa de inflación tan baja es una mala noticia tiene que ver con el espacio que tienen los bancos centrales para empujar la economía. Ese espacio decrece con la baja inflación. Como lo señaló Gita Gopinath, economista jefe del FMI, buena parte del planeta ya no tiene munición para bajar más las tasas de política monetaria porque ya rondan el 0 %.

Esa constatación pone el foco sobre la política fiscal como la herramienta que podría tender los puentes de la recuperación. Este año, buena parte del mundo, Colombia incluida, desplegó esa artillería incluso al costo de abandonar amarras como las de la regla fiscal. Resultaría ideal mantener los estímulos fiscales encendidos hasta que el sector privado logre retomar la posta y la precaria situación de empleo e ingresos de los hogares se reponga. Pero como les pasó a muchos países de la periferia europea en la crisis financiera global de la década pasada, esos esfuerzos se pueden topar rápidamente con preocupaciones relacionadas con el tamaño de la deuda pública, la calificación de la misma y los riesgos de su insostenibilidad.

Dar con la tecla correcta es un reto complejo, pero si no encontramos la manera de mantener el viento monetario y fiscal prendido mientras navegamos la recuperación, si lo apagamos antes de tiempo, esa recuperación lucirá como muchas de nuestras billeteras en estos días: magra.

Twitter: @mahofste

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