Recuperando la esperanza

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Hay momentos en la vida en los que el futuro se ve oscuro. Existen situaciones comunes que afectan la esperanza, solo basta ver el noticiero por un rato: polarización política, asesinatos, atracos e inseguridad, tragedias causadas por eventos climáticos, derrotas en partidos de fútbol, entre otros. Esa pérdida de esperanza se puede dar a un nivel de planeta, región, país, ciudad o a nivel individual, y este 2020 nos ha puesto bastantes retos para que ese sentimiento de optimismo se vea afectado en todos los niveles.

Dentro de una posible desesperanza aparecen los niños y jóvenes que tienen toda su vida por delante. Qué mayor ilusión que estas nuevas generaciones aporten para generar un mejor mundo. Y pienso que somos los docentes y los padres de familia quienes tenemos gran responsabilidad en dar esperanza. Coincido con la escritora Jessica Lahey cuando dice que el éxito de sus estudiantes, tanto en el colegio como en la vida, está supeditado a la esperanza, pues esta permite que se pueda visualizar un futuro mejor y valga la pena seguir luchando aunque el presente se vea oscuro. “La esperanza conlleva a la resiliencia, esa fuerza mágica que permite a los niños adaptarse y curarse emocionalmente de situaciones adversas vividas en la niñez”, dice Valerie Maholmes, Ph.D., del National Institute of Child Health and Human Development. A lo que se refiere es que los niños que pueden adaptarse y sobrepasar estas experiencias suelen tener un mayor sentido de autoeficacia, lo que alimenta su sentido de competencia y de control sobre su entorno y su destino. Es aquí donde las relaciones positivas con los adultos cobran mayor importancia. No es lo mismo decirle a un estudiante: “Yo creo en ti, tú puedes lograrlo”, a decirle: “Definitivamente tú no sirves para esto” o “mira como tu compañero sí lo logra y tú, por estar distraído siempre, no lo puedes lograr”. Los docentes no podemos escoger quién lo va a lograr y quién no, y mucho menos etiquetar. ¿Qué nos da derecho a direccionar el camino de los niños, eligiendo quién sí puede cumplir con nuestras expectativas y quién no, y de esta manera marcarles su destino en la vida? Las expectativas deben ser las mismas para todos y es nuestra responsabilidad partir de la base de que todos lo pueden lograr.

Ahora, es claro que no todos los estudiantes tienen las mismas habilidades y que el momento emocional y madurativo de cada uno es diferente. En algunos casos no basta con solo creer en ellos y ya. Debemos acompañarlos, motivarlos y ayudarlos. Si nosotros los adultos nos rendimos con los niños, el daño es irreparable. El mensaje que les mandamos es que no importa lo que hagan, nunca será suficiente, entonces es mejor desistir. Es ahí cuando se pierde la esperanza y los niños dejan de construir, lo que se traduce en que en un futuro no harán nada ni por sí mismos ni por su entorno. En cambio, si creemos en ellos y los apoyamos, no me cabe la menor duda de que no solo lo lograrán, sino que serán grandes agentes transformadores de la sociedad, en la que nada les quedará grande y podrán sobrepasar y adaptarse a cualquier dificultad.

¿Qué tipo de cosas pueden los docentes hacer para aumentar la esperanza en sus estudiantes? En un reciente artículo que apareció en Edutopia se recomienda a los maestros incluir en sus clases ejemplos permanentes de acciones positivas realizadas por personas de todo el mundo, hacer proyectos donde los jóvenes generen impactos positivos en sus comunidades, compartir visiones de mundo que lleven a ver lo bueno que hay alrededor. No podría estar más de acuerdo con este camino, pues es el complemento perfecto para formar en la esperanza. Cuando enseñamos a nuestros estudiantes que con nuestras acciones podemos transformar el mundo, la esperanza se sale de nuestra esfera individual y trasciende a la colectividad.

Somos conscientes de que hay sucesos globales que nos dan a todos lecciones de esperanza. Durante las últimas semanas hemos presenciado cómo se desenvuelven las elecciones en los Estados Unidos. Al hablar con amigos en distintas partes del mundo, me describían el triunfo de Biden como esperanzador. Vale la pena aprovechar ese tipo de eventos para regar optimismo.

Y de ahí partimos. A nivel global, las gotas de esperanza pueden empezar a cambiar la energía en todos los niveles. Ese tipo de empujón ayuda a que puedan existir cambios individuales también. Recuperar la esperanza da la gasolina para luchar, para hablar, para actuar. En esta época eso es lo que debemos hacer. Esa acción individual ayuda a recuperar lo colectivo. Actividades como el regreso al colegio a compartir con los amigos y profesores, por ejemplo, o empezar de nuevo a hacer deporte al aire libre contribuyen a generar mayor esperanza de que las cosas van a mejorar. ¡No nos rindamos y enseñemos a los niños a no rendirse! Porque todo siempre puede estar mejor.

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