Por: Sergio Otálora Montenegro

Recuperar la brújula

La carta abierta del historiador Medófilo Medina a alias Alfonso Cano, publicada en la edición digital de El Tiempo, desempolva ideas que es bueno volver a poner sobre el tapete: “la lucha armada en Colombia no nació por decreto de nadie; fue la respuesta popular a la violencia de latifundistas y ganaderos amparados por un régimen antidemocrático y excluyente”.

Esto, por supuesto, suena rarísimo, después del lavado cerebral de ocho años de seguridad democrática, en los que la propaganda, las encuestas manipuladas,  las verdades a medias, las mentiras descaradas y los operativos militares exitosos, se mezclaron para producir una caricatura de nuestra realidad que se expresa de la siguiente manera: Colombia ha sido víctima de una caterva de terroristas que buscan destruir una democracia ejemplar, aupados, primero, por el comunismo internacional y sus idiotas útiles,  y ahora por los nostálgicos del socialismo y los narcos. Todos los gobiernos, sin excepción, fueron débiles, se rindieron ante ellos. Y por eso los bandidos hicieron de las suyas sin límite. Punto.

Lo vital de la comunicación de Medina al comandante de la “guerrilla más vieja del mundo”, es la crítica que el historiador hace de la lucha armada, y de su inutilidad, ya no desde el paradigma reduccionista de Uribe y sus monaguillos, sino desde hitos históricos fundamentales en los que, a pesar de la agresión contra los campesinos, de la usurpación de sus tierras, hubiera sido posible una respuesta política, en lugar de prolongar la confrontación armada. Dice Medina: “Pero ya en la primera pausa de La Violencia en 1953, había motivos para plantearse la reorganización de un movimiento agrario que, por ejemplo en el Sur del Tolima, venía trabajando con vigor desde mediados de los años treinta. Pero la reorganización del movimiento campesino no ocurrió. Al contrario cundió el desconcierto y se prolongó la confrontación con antiguos combatientes liberales que respondieron de manera aún más enconada y en efecto agravaron la violencia”.

¿Liberales? Claro: desde 1949 hubo guerrillas liberales, incluso apoyadas desde Bogotá por egregios dirigentes del partido, como Carlos Lleras Restrepo. Cita Medina otro hecho histórico, el paro cívico de 1977: “muchos concluyeron, de manera subjetiva, que se acercaba la hora de hacer confluir la movilización cívica con la acción armada  de la guerrilla, en un formidable torrente insurreccional que resultaría irresistible”. El establecimiento, según Medina, llegó a la misma conclusión pero al revés: era necesario frenar, a como diera lugar, ese estallido sedicioso de la muchedumbre. Eso explica el corte autoritario y represivo del gobierno de Turbay Ayala, en 1978.

Para el historiador, la izquierda, desde un paradigma insurreccional, no vio en la movilización popular de 1977 y las que la habían antecedido, la consolidación de una cultura política en escenarios esencialmente urbanos, que requería una estrategia política nueva. Al final, hace la pregunta del millón: “¿Cuáles son los beneficios que esta lucha abnegada de tres generaciones de hombres y mujeres guerrilleros le han traído a Colombia?” Palabras más, palabras menos: ninguno. No obstante, hace una afirmación que tiene plena vigencia en el presente: “las potencialidades de transformación que los movimientos armados han podido crear en su larga historia germinarán sólo cuando ellos logren ser parte efectiva y por tanto creíble de un movimiento democrático por la paz”.

El gran problema, en el presente, es que la izquierda más visible, es decir, el Polo Democrático, dejó de pensar en la paz como estrategia de transformación, para dedicarse a la minucia electorera y a la lucha individualista por el poder, expresada en las renuncias de Garzón y Petro a esa colectividad. La tragedia es, pues, doble: la izquierda legal asume los tics de los partidos tradicionales (corrupción incluida) e incluso incorpora el tema de la seguridad al estilo Uribe. Y la guerrilla, sigue en su secular autismo político, con la disculpa de que la exclusión salvaje, no deja otro camino que las armas. La carta de Medina es una forma de  recuperar la brújula extraviada.

 

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