Por: Elisabeth Ungar Bleier

A recuperar la confianza política

EL PASADO 20 DE JULIO SE INSTAlaron las terceras sesiones ordinarias del Congreso de la República elegido en 2006 en medio de una de las peores crisis de credibilidad y de legitimidad del Congreso y de mucha expectativa por la trascendencia de los temas que va a discutir.

Pero también por la incertidumbre política generada por “el fantasma” de la reelección, que puede congelar y copar la agenda legislativa, como sucedió en 2004, y  porque las últimas semanas de la anterior legislatura estuvieron marcadas por enfrentamientos entre el Congreso y el Ejecutivo por discrepancias de fondo sobre dos proyectos de gran importancia –la Reforma Política y la Ley de Protección de Víctimas– y que probablemente van a volver a aflorar.

Si bien no es el único reto, la reforma política es sin duda uno de los más apremiantes y difíciles que deberá enfrentar el Congreso de la República durante los próximos meses. Para hacerlo debe lograr consensos entre los diferentes partidos y movimientos políticos y entre éstos y el Gobierno, y escuchar a diversos sectores de la sociedad civil que han participado activamente en los debates sobre este tema.

Esta es una gran oportunidad para introducir los cambios que se requieren para depurar y hacer más transparente la actividad política y para blindar al sistema electoral y de partidos de la injerencia de dineros ilegales y de la influencia de actores armados; para fortalecer y democratizar a los partidos políticos y para que éstos asuman el compromiso de propender por una mayor igualdad de género en la política; para crear las condiciones que permitan el pleno ejercicio de la oposición en el marco de la ley y las instituciones; para reforzar la independencia entre las ramas del poder público y restablecer el equilibrio entre ellas; y para otorgarle al Congreso los instrumentos necesarios para poder cumplir sus funciones con plena autonomía.

Pero también es una gran oportunidad para evitar una Reforma Política hecha a la medida del Gobierno, de los intereses de unos cuantos partidos o de las conveniencias políticas inmediatas. En un régimen democrático, el Congreso es el escenario por excelencia para adelantar los debates políticos de fondo sobre los temas más apremiantes de la Nación, y los partidos políticos y sus bancadas, sus protagonistas. Espacios como los medios de comunicación, los encuentros académicos y los consejos comunitarios son de gran importancia para conocer qué piensan y qué quieren los ciudadanos, pero no pueden reemplazar al Parlamento.

Tampoco se puede olvidar que para que las decisiones del Congreso sean legítimas, no basta con el cumplimiento de los requisitos formales para su aprobación, sino que quienes las adoptan –los principales y sus reemplazos– y los procedimientos utilizados también sean considerados legítimos. Y que los debates, los procesos de concertación y las votaciones se hagan de cara a los ciudadanos y no en desayunos privados en el despacho de los ministros o en la Casa de Nariño.

La Reforma Política significa una gran oportunidad para que el Congreso de la República recupere la credibilidad y la legitimidad y asuma el reto de aprobar los cambios necesarios para devolverle al país la confianza en la política y en los políticos. Más que un Congreso de opinión, como lo solicitó el Presidente de la República en la instalación de sus sesiones ordinarias, el país necesita un Congreso legítimo.

*Directora Congreso Visible

 

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