Por: Arlene B. Tickner

A recuperar la credibilidad

La elección de Barack Obama generó grandes expectativas en América Latina y el Caribe sobre el futuro de las relaciones hemisféricas.

Sin embargo, después del pico de optimismo logrado en la Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, éste ha ido cediendo al desencanto y decepción. Además de la poca importancia de la región dentro de la agenda de política exterior estadounidense, el manejo de temas como las bases militares en Colombia, el embargo a Cuba y el golpe de Estado en Honduras confirma un grado incómodo y sorprendente de continuidad respecto al odioso gobierno de George W. Bush.

La gira latinoamericana de Hillary Clinton busca mostrar que Estados Unidos no se ha olvidado de la región. La selección de los países a visitar dice bastante. Tres de ellos, Uruguay, Chile y Costa Rica, no sólo han celebrado elecciones recientemente, sino que ostentan las democracias más sólidas de la región. No es gratuito que Clinton haya coincidido con la posesión del ex guerrillero José Mujica y no la del derechista Sebastián Piñera. El mensaje que se quiere enviar —que sí marca distancia con Bush— es que Estados Unidos no sólo apoya la democracia sino que quiere tener buenas relaciones con todo gobierno democrático, independientemente de su carácter ideológico. Bajo la misma premisa, la decisión de excluir a Colombia obedeció tal vez al deseo de no verse respaldando un tercer período presidencial de Uribe (ni comprometiéndose demasiado con el TLC).

La parada en Guatemala, en donde Clinton se reunirá también con otros presidentes centroamericanos, resalta la preocupación estadounidense con los niveles alarmantes de inseguridad pública que caracterizan a la subregión así como la expansión del narcotráfico. Pero también su interés en lograr la reinserción de Honduras al sistema interamericano.

Paradójicamente, Irán constituye el eje central de la gira de Clinton, sobre todo en Brasil. A pesar de que el gobierno Lula ha sido reacio a criticar el programa nuclear de ese país (y mucho menos a apoyar nuevas sanciones dentro de la ONU), la Secretaria de Estado tratará de convencerlo de que si Brasil quiere entrar al club de las potencias debe estar dispuesto a asumir las responsabilidades globales que vienen con el poder. En el caso de Irán, éstas se traducen en un uso constructivo de la cercanía de Lula al gobierno de Ahmadinejad para presionarlo a que cumpla con sus obligaciones internacionales. Y en términos más generales, en la construcción de sinergias con Estados Unidos en torno a otros temas de interés común.

Con esta gira difícilmente se subsanará la frialdad que prima hoy en las relaciones hemisféricas. Pero da pistas sobre los intereses de Estados Unidos en la región y el disminuido poder con el que cuenta para defenderlos. De allí la necesidad de recuperar algo de la credibilidad con la que arrancó el gobierno Obama.

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El hecho de que el terremoto en Chile —cerca de 500 veces más fuerte que el que se registró en Haití— haya generado costos y respuestas gubernamentales tan diferentes apunta a la enorme disparidad que existe entre los países de la región, entre otros, en términos de la fortaleza institucional de sus Estados.

 

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