Por: Juan Carlos Gómez

Redes sociales, el flautista de Hamelín

Redes sociales, adicción del siglo XXI. ¿Por qué confiar en ellas?, pregunta Nick Bilton en Vanity Fair. Hoy en día son herramienta del terrorismo, propagadoras de bullying, caballo de Troya electoral. Muchas personas ya eliminaron Facebook, Twitter e Instagram de sus dispositivos… y sobrevivieron.

En el caso de Facebook, sus creadores no se habrán propuesto crear el monstruo, pero lo hicieron. A fuerza de vigilar y auditar a sus usuarios, estos terminaron siendo conejillos de indias en sus experimentos de comportamiento social. Los algoritmos y su modelo de negocio –sumar y sumar “amigos”– eran terreno fértil para la desinformación y las noticias falsas.

Ya no sirven de nada los discursos de Zuckerberg explicándoles a la derecha y a la izquierda norteamericanas que su red social no tiene partido. Quieren pasar de agache para eludir su responsabilidad en el desastre histórico y político en el que quedó sumido Estados Unidos después de la elección de Trump.

Entre junio de 2015 y agosto de 2017, en ese país 126 millones de personas fueron alcanzadas por cuentas falsas de Facebook provenientes de Rusia. Es cierto que en el caso de las elecciones de Francia y Alemania, Facebook eliminó masivamente cuentas falsas, pero ya el daño está hecho. Nunca en la historia una entidad privada tuvo que ver tanto con la estabilidad de países poderosos y el frágil equilibrio mundial.

El exconsejero nacional de seguridad Michael Flynn ya reconoció que le mintió al FBI, lo cual es un paso trascendental para probar la intervención rusa en las elecciones en Estados Unidos. Vladimir Putin pasará a la historia como genio de la estrategia, gracias a que logró manipular las redes sociales.

Frente al impacto que tienen la redes sociales, hay que reconocer que las normas jurídicas actuales no son suficientes; el asunto no se resuelve simplemente enarbolando la bandera de la libertad de información.

A menos que los individuos reaccionen con inteligencia y autonomía, las grandes corporaciones tecnológicas a nivel global pueden convertirse en el flautista de Hamelín del siglo XXI. En una versión de esa leyenda recreada por los hermanos Grimm, los inocentes terminan confinados en la oscuridad.

@jcgomez_j

 

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