Por: Juan David Zuloaga D.

Redoble fúnebre de un tambor de hojalata

La historia es bien conocida por todos aquellos que amaron la infancia: un niño no quiere crecer. Como llevado de una clarividencia oscura y premonitoria, Óscar Matzerath se niega a crecer.

Porque desde los albores del vivir sabe que el mundo es fútil, mezquinas las gentes que lo pueblan, vanos sus afanes y sus ocupaciones de poca importancia. Por eso se empeña con denodado esfuerzo en seguir habitando, aunque con obstinación pasen los días, el mundo abigarrado de la infancia.

No se sabe si es voluntad o terquedad lo que impele a Matzerath a no dejarse engullir por el torrente de los días y por el mundo frío y acartonado de los adultos. Y sigue entonces admirando el presente y contemplando el porvenir con la mirada asombrada de la niñez que indaga con rigor y con seriedad sobre los avatares del mundo y su destino caprichoso y en ocasiones siniestro; una mirada que, sin embargo, no está desprovista de cinismo acerado y punzante.

Fue gracias a Julio José Rodríguez —gran admirador también de la logradísima adaptación cinematográfica que en 1979 hiciera Volker Schölondorff— que leí el libro. Y recuerdo todavía que la obra sirvió de inspiración a Carlos Andrés Gómez para componer una pieza para flauta traversa. Nació Matzerath en tiempos de la posguerra, en una Alemania que estaba moralmente derrotada y en una Europa aún herida y renqueante. Por eso el retrato no podía reflejar sino desolación y desesperanza; aunque también es verdad que no está desprovisto de ironía y de destellos de humor. El fresco fue dibujado con maestría por uno que se formó en la Academia de Artes de Düsseldorf y en la Academia de Bellas Artes de Berlín, y que fue pintor primero y novelista después. Y con la mirada de un niño (o de un artista) retrata los tiempos crudos que le tocaron en suerte. En esta obra monumental lo fantástico se entremezcla con lo real y hasta con lo realista, y el protagonista hace del tambor de hojalata que le regalaran en su tercer cumpleaños su emblema y su adarga.

Pero ocurrió que a ese que quiso seguir mirando los días con los ojos de un niño el mundo lo trató con incomprensión cuando no lo hizo con franco desprecio. El final es conocido de todos porque su alma rozó la locura y la enfermedad... Por ello no extraña que Matzerath terminara recluido en un hospital psiquiátrico y que, desde allí, pidiera quinientas hojas de papel virgen para, por medio de la escritura, dar cuenta de los demonios que poblaron a lo largo de su vida su pasado abigarrado y, por momentos, dramático. Los mismos que, como se sabe, siguen acechando la memoria de Alemania.

La literatura es una de las formas del consuelo. La semana pasada en la ciudad de Lübeck murió Günter Grass, el autor magistral de El tambor de hojalata. Cuando se apaga para siempre la voz de uno que así fabulaba sabemos que se clausura también una de las formas de la felicidad y uno de los caminos de la esperanza.

 

@Los_atalayas

 

 

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