Por: Lorenzo Madrigal

Reelección contaminada

Veníamos bien. Enfurecido Uribe, o sea, bien. Pero si se atacaba en tantos frentes a la corrupción, era de esperarse que una reforma constitucional, la de reelección inmediata, obtenida mediante una “desviación de poder”, no fuera de aplicación en el nuevo gobierno, pomposamente llamado de Unidad Nacional.

Es cierto que el plato está ahí servido, por cuenta de los comensales anteriores y que bien puede consumirse, pues está pago y nunca tan bien dicho pago. Porque se les pagó a algunos congresistas para que dañaran la mayoría opuesta a la reelección y, por lo tanto, el proyecto de Acto Legislativo pasara y fuera utilizado en su propio beneficio por el gobierno que lo propuso.

Tristes antecedentes los de esta figura jurídica, que si bien es hoy constitucional, no fue obtenida con limpieza y la propia Corte Suprema de Justicia la tildó, en los trámites de su aprobación, como una “desviación de poder”.

¿Por qué enredan a Santos, tan temprano, en una “encrucijada del alma” y lo ponen a deliberar, margarita en mano (o el girasol obsecuente), me quedo, no me quedo, me quedo? Pareciera que el propio excandidato Rafael Pardo quisiera clausurar su difícil probabilidad y enterrar a toda una generación de Mockus, Luchos y aun a la intermedia de Vargas Lleras, para abrirles el portal a jovencitos, algunos de ellos delfines inefables, como Galanes y Simoncitos, todavía en edad de insolvencia, pero que en siete años más —es fácil predecirlo— serán los precandidatos presidenciales.

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A mi general Palomino habría que preguntarle por qué las autoridades no controlan los sitios autorizados para la revisión mecánica de los automotores y dejan de estrellarse contra los ciudadanos que cumplen con las obligaciones de movilización. En la carretera que de Cota conduce a Chía se parqueó, el miércoles pasado, un piquete del Tránsito, con las respectivas grúas de vulgares lenguas, ávidas de autos particulares, a revisar y contrarrevisar los niveles de contaminación. Si resultaban desaprobados, los ocupantes de los vehículos quedaban a la vera del camino, donde no hay transporte que los rescate, luego de una arbitraria parada y una torturante demora.

¿Se trata de una policía vigilante o entramos en un Estado policivo? Lorenzo, pasajero de un auto reciente, pudo continuar la marcha, tras larga espera, pero imaginó a su viejo Buick, que poco circula, pero se mantiene al día en papeles legítimos y en afinación mecánica, bufando en los patios hitlerianos del Tránsito de Bogotá.

 

 

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