Por: Columnista invitado

Reencuentro

Vuelvo a encontrarme contigo, hoja…

Siempre pasa algo de tiempo antes de volvernos a encontrar, pero para conversar sobre algo que nos inquieta, o eso creo…jamás te pregunto nada, siempre te comento y hablo de la vida y sus devenires como los veo y puedo expresarlos de la manera más sincera que puede un humano como yo describir;  aun así, algún día quisiera saber de toda desventura que sucede con tu ser; cuando puedo recuerdo lo tanto que te necesito, para conllevar mi carga, liberarme de la presión que mi pecho atrapa constantemente, pero ¿será que tú me necesitas?, ¿soy importante para brindarte la razón de una elevada existencia a partir de la mía, de la cual todavía suelo dudar, para, supuestamente, originar “magia” en cada fragmento de tu cuerpo mientras la mina te recorre lentamente?,  ¿será que sonríes, o lloras en silencio, mientras yo te cuento sobre las perspectivas que me agobian? Con estas preguntas, me siento nefasto por cada momento que paso contigo y sólo pienso en mí, ¿podré compensar aquellas dolencias que agobian tu existencia en el silencio, donde quien tiene la primera y última palabra, es quien te manipula con hechos inexactos, pero con la convicción propia de un “artista” de hacer maravillosa su relación contigo?  No lo creo por ahora, pues yo hago esto contigo, ya sea porque es la manera que concibe mi lesa humanidad para hacerte saber mi pesar hacia ti, engendro de la tierra, ingenio promulgado del hombre que indaga la manipulación sobre la naturaleza, y de tu cuerpo se tatúa el mensaje de versos sublimes, ideas humanificadas en frases concretas, con razones puras, razones ridículas, hacia el hecho que los inspira; sobreviviente idílico de la tragedia que transforma los humanos en irónicas creaciones sobre el mundo que los absorbe; yo me apiado de ti, pues soy como tú, un producto que refleja la supremacía vaga del hombre sobre la tierra, nada más que el hecho humano sobre el nacimiento insulso y propagado de mi raza, que intenta escapar de la muerte y el olvido, mientras trazan el destino de cada uno de nosotros con una mina que ignoramos, una tinta que no seca, y el imponente texto que no hemos elegido escribir, sin corregir ningún estilo, sin leer su contenido, y cargamos en nuestras espaldas adecuadas hasta que la cubierta se encamina hacia el polvo; si comprendes esto, es porque lloro contigo, condenada hoja, por el pasado que nos trajo, el presente que nos atrapa, y el futuro que nos olvida.
 
Luis Ortega.

 

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