Por: Juan Carlos Botero

Reescribiendo la historia

EN ENERO DEL AÑO 2008, EL PRESIdente Álvaro Uribe anunció sin rodeos que no le interesaba aspirar a un tercer mandato presidencial.

Ante los crecientes rumores de un referendo para reformar otra vez la Constitución con el fin de permitir una segunda reelección, el jefe de Estado cortó en seco esa opción. Demócrata convencido y satisfecho con los innegables logros de la Seguridad Democrática, consideró inconveniente someter al país a la incertidumbre, durante dos años por lo menos, mientras se resolvía el tema del referendo. A partir de entonces la presión que recibió para cambiar de opinión fue inmensa. Con un apoyo nacional superior al 70%, y más todavía después de la Operación Jaque, sus asesores le insistieron que explorara la posibilidad de un referendo. El Presidente no les permitió siquiera plantear el tema. En materia de seguridad, su gobierno había logrado lo que todos los presidentes en tiempos recientes habían intentado sin éxito: desmovilizar las fuerzas paramilitares y reducir a niveles nunca vistos el número de masacres, asaltos a poblaciones, homicidios y secuestros. Ya hemos logrado bastante, afirmó, y no sería justo aspirar a un tercer período. Además, recordó, los cambios en la Constitución son para siempre, y Colombia ha tenido pocos presidentes buenos. ¿Qué le pasaría al país si un presidente malo usara todo su poder (más los cofres del Estado) para asegurar sus tres períodos? Ése no puede ser mi legado, concluyó.

Con el tiempo, el Presidente confirmó la certeza de su decisión. En cada disputa con Hugo Chávez, Uribe sabía que su superioridad moral radicaba, entre otras cosas, en el hecho de que él no había aspirado a un tercer período. El Presidente, incluso, hizo dos cosas que ningún otro mandatario latinoamericano había hecho antes. Desempolvó una tradición de la polis griega y realizó una severa autocrítica a su propio mandato. Reconoció lo que le faltó por hacer y las cosas que hizo mal. Procedió a limpiar el DAS y creó una comisión para esclarecer los falsos positivos. Porque es una aberración, dijo, que esa infamia suceda en una democracia. Y su segunda novedad: se negó a hacer el famoso guiño político. Un presidente popular y en ejercicio cuenta con una ventaja desigual en la contienda electoral, opinó, y en aras al “fair play” él, por su espíritu democrático, no le haría el guiño a nadie.

Más todavía: Uribe fue el primero en decir que su gobierno se había quedado corto en las metas sociales. Incluso, en una entrevista con María Isabel Rueda, él mismo presentó la lista de lo que aún faltaba por hacer en esa materia para que hubiera mayor equidad entre los colombianos. La periodista, un poco abrumada ante las metas tan altas, le señaló al Presidente que eso parecía imposible. Y fue entonces cuando Uribe replicó que lo mismo le habían dicho en cuanto al tema de la violencia y, sin embargo, ahí estaban los resultados. Entonces lanzó una frase célebre: “Ahora lo que necesita Colombia es un Uribe de lo social”.

De acuerdo, de acuerdo… Las cosas no sucedieron así. Lo sé. Pero los escritores tenemos la capacidad de imaginar mundos mejores, y esta versión de la historia habría sido más sana para el país. Y más digna de un presidente como Álvaro Uribe.

 

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