Por: Juan Carlos Ortiz

Reflexión animal

Alguna vez leí al escritor Mircea Eliade, quien aseguraba que entre lo sagrado y lo profano existe un solo paso, y narraba como ejemplo caminar por una calle ruidosa y congestionada, entrar de repente a una iglesia y ahí sentir la transmutación inmediata de dos ambientes totalmente antagónicos y opuestos. Del caos a la calma en pocos metros.

A mí me pasa algo similar con el cine. Entrar a un teatro y ver una película es como un proceso de mímesis y catarsis absoluto, donde los problemas y las preocupaciones desaparecen.

Hace un tiempo estaba de viaje por Colombia y decidí ir a cine a un teatro viejo y grande del centro de Bogotá. Luces apagadas, pocos asistentes, varios minutos de proyección cinematográfica, película en acción, cuando de repente sentí algo que rápidamente me frotó las piernas. Me asusté y quedé pensativo sobre lo sucedido.

Volví a calmarme y a ver la película, pero nuevamente el corrientazo entre las piernas tomó más fuerza. Esta vez entré en pánico y salté. Algo se movía libremente por el piso del teatro y me rozaba. Decidí subir mis pies y así, al mejor estilo de circo, quedé sentado en la parte superior de la silla reclinada, haciendo equilibrio para no caerme.

Fueron muchos minutos de aguante, pero ante todo era un acto de supervivencia ante lo desconocido. Finalmente la película terminó y prendieron las luces. Pude mirar hacia abajo y me encontré con la respuesta a mi incertidumbre: una rata inmensa y peluda. Se notaba que era una rata que vivía ahí y vivía muy bien. Con asco exponencial la vi correr con una crispeta en su boca por los pasillos del teatro como si fuera su casa. Indignado fui a buscar al administrador del teatro para quejarme. Lo encontré en la dulcería y le dije: —Señor, hay una rata asquerosa en este teatro, y él me contestó: —Claro que sí, se llama Aníbal y es la mascota que vive acá. Yo quedé altamente sorprendido. Sé muy bien que el mundo está lleno de ratas, ratas de alcantarilla, ratas de la vida profesional, ratas traicioneras, ratas de la corrupción y así sucesivamente, pero, por más que sepamos que existen o que las hayamos visto, nunca debemos acostumbrarnos a convivir con ellas como parte normal y cotidiana de nuestras vidas. Hay que tener cuidado con las ratas. No hay que olvidar que debemos mantener diariamente el límite entre lo sagrado y lo profano. Esto es bueno para el alma.

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