Por: José Fernando Isaza

Reflexiones

Los resultados electorales permiten mirar con moderado optimismo el avance de la consolidación de la institucionalidad; el país aún no se atreve a asomarse con toda claridad a la modernidad. Al triunfo de Santos contribuyó el apoyo de los sectores de izquierda, académicos, empresarios demócratas que sumaron votos de la coalición de centro derecha, le apostaron al fin del conflicto negociado y no a la política de personas y tierras arrasadas. Se veía con inquietud el regreso al poder de una extrema derecha de irrespeto a la vida, a la oposición y a las instituciones, ideario de Uribe, el real candidato.

El discurso de reconocimiento del triunfo de Santos por parte de Zuluaga mostró un talante democrático que ocultó durante la campaña. No parece consultado con Uribe; minutos después, el patrocinador de Zuluaga notificó que su derrota no fue por decisión de los ciudadanos, sino por fraude y falta de transparencia. Las gotitas que tomaba para calmarse parece que no le hacen efecto o cambió de prescripción.

Una frase de Zuluaga hace pensar o bien que se va a distanciar de su jefe o bien que sólo fue una expresión políticamente correcta: “En la política las personas somos un accidente, lo importante es que queden las instituciones, lo importante es que se valorice la democracia, lo importante es que los partidos siempre tengan canales de expresión para poder dar estas luchas democráticas”. El partido uribista que lo apoyó es todo lo contrario a la anterior declaración: es caudillista, antipartidos; en él sólo cuenta la voluntad y opinión de su jefe. Como es bien visto ser optimista, se puede pensar que Zuluaga cree en la institucionalidad y la democracia, al tiempo que su jefe lo desconoce y sin tapujos reafirma que sólo él opina.

Hay que celebrar la solicitud de Marta Lucía Ramírez para que se expida un estatuto de oposición. Este mandato de la Constitución del 1991 no se ha desarrollado. Con todo derecho pide a Santos garantías a la oposición, las que negó el gobierno en el cual participó. En el siniestro período de Uribe, la oposición fue calumniada y perseguida. Ramírez, como congresista de ese entonces, aprobó una ley que echaba para atrás cualquier derecho ciudadano. Con el pretexto de mantener el orden público, se autorizaba la intercepción de conversaciones sin orden judicial, se limitaba en algunas regiones la libre movilidad de los ciudadanos, la presunción de inocencia desaparecía. Fue la época de las detenciones masivas que en algunas pequeñas localidades llegaban al 20% de la población. En buena hora la Corte Constitucional tumbó esta afrenta a la democracia. Es bueno recordar la tesis de Rawls: “el velo de la ignorancia”, legislar sin saber qué lugar se ocupará en la sociedad. Por este principio la Constitución del 91 fue garantista; muchos constituyentes creían, con razón, que podían convertirse en minorías.

Por el bien de la democracia, no debe regresarse al unanimismo. Las fuerzas de izquierda que apoyaron a Santos no lo hicieron por todo su programa de gobierno, sino por la apuesta por la paz y por reconocer que es un presidente civilista, respetuoso de las ideas ajenas. El apoyo no debe contemplar la participación en el Gobierno: la excepción son las tareas en la búsqueda de terminar los diez lustros del conflicto. Para lograrlo, el compromiso de estos movimientos debe ser total. La oposición es fundamental y no es un buen ejemplo la entrada al Gobierno de opositores que no resisten la tentación de un viaje en el avión presidencial.

 

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