Por: Piedad Bonnett

Reflexiones de un dinosaurio con corbata

En ciertos círculos intelectuales no está bien visto elogiar a Vargas Llosa.

Las razones de su recelo casi siempre son ideológicas, pero a veces son también literarias. Se le reprocha su cercanía con algunos personajes francamente cavernarios y su ingenuidad y arrogancia política a la hora de lanzarse como candidato a la Presidencia; o se le acusa de hacer una literatura demasiado formal, novelas de arquitecturas muy finas pero sin demasiado aliento poético. Y sin embargo, y a pesar de que haya razón en esas críticas, lo que habría que subrayar, con justicia y generosidad a la vez, es que ha escrito novelas como La ciudad y los perros, La Casa Verde o Conversación en la catedral, que son magníficas indagaciones sobre nuestras sociedades prejuiciosas y discriminatorias; y que es un intelectual responsable y lúcido, comprometido con sus ideas y valiente a la hora de defender sus convicciones.

Esto último nos queda claro cuando leemos La civilización del espectáculo, su nuevo libro de ensayos, que parte de afirmar que “la cultura, en el sentido que tradicionalmente se le ha dado, está a punto de desaparecer”. Las críticas no se han hecho esperar. Y sí: podemos pensar que su tono es a veces moralista y apocalíptico, su mirada la de un aristócrata de espíritu —como la de Darío o el tuerto López— y su nostalgia la de “un dinosaurio con pantalones y corbata, rodeado de computadoras” (así se pinta Vargas Llosa a sí mismo). O podemos no estar de acuerdo con ciertas afirmaciones suyas, como la muy paradójica en un ateo como él, de que sin la práctica de la religión la vida se iría por el desbarrancadero moral. O decir que no valora tanto como debiera la cultura popular o que sus ideas no son muy novedosas. Pero a pesar de eso, el libro tiene el gran mérito de señalar, una a una, en un cuerpo sólido y coherente, lo que muchos, temerosos de ser tildados de ignorantes o retrógrados, no se atreven a decir.

Vargas Llosa nos habla de los fraudes de ciertas tendencias del arte contemporáneo —el de Damien Hirst en primer lugar, por supuesto—; de la crítica convertida en jerga ininteligible en el territorio de las universidades, templos de especialistas encerrados en sí mismos; del estudio de la teoría suplantando el de la obra de arte; de los engatusamientos de la filosofía francesa, propensa al “sofisma y el artificio intelectual”; del imperio de lo fácil, cuyo producto natural es el best seller; de la confusión entre cultura y entretenimiento, que hace que los medios dediquen media página a cómo cuidar a su mascota mientras en dos líneas despachan la muerte de un pianista consagrado; de la profusión del periodismo que privilegia la chismografía y el escándalo; del endiosamiento de las “estrellas”, que hace que nuestro querido Juanes, con su insulsa música, sea declarado personaje del año, y de cómo los gobernantes las usan, lo que explica que Shakira, tan graciosa interpretando su pop rock latino, se vea fuera de lugar cantando el himno nacional. También señala Vargas Llosa el desprestigio de la política, pues “el nivel intelectual, profesional y sin duda también moral de la clase política ha decaído”; afirmación que difícilmente podemos desmentir cuando vemos la complejidad cultural y la solvencia ética de nuestros legisladores, divididos entre los que nunca han leído una letra y los que, aún habiendo aprendido a leer en dos idiomas, no leen lo que firman.

En este libro, como pasa a veces en literatura, la intuición del escritor, más poderosa que su ideología, pone en evidencia lo único que le faltó decir: que es un sistema, el del descarado mercantilismo capitalista, el que ha inundado de frivolidad y tontería la cotidianidad de nuestras vidas. 

 

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