Por: Paloma Valencia Laserna

Reflexiones después de la visita del Vice a Popayán

Alguna vez leí un periódico de Saint Louis-Missouri, USA en el que protestaban enérgicamente por lo que había sucedido en una visita de Clinton.

La ciudad se había paralizado pues varias vías habían sido bloqueadas para garantizar la seguridad y la libre movilidad del entonces presidente. El periodista recogía las opiniones de los ciudadanos, todos ofendidos, y decía que parecían un país del tercer mundo latinoamericano. Me dolió la comparación, lo reconozco. Pero el sábado tuve que reconocer que era más que cierta. Popayán, con el sólo anunció de que llegaba el Vicepresidente Garzón, entró en crisis.

Cerraron el aeropuerto. El espectáculo bochornoso implicó la utilización de varios policías y miembros del ejercito que se dedicaron a mangonear a los ciudadanos e impedir su acceso a las zonas aledañas. Los viajeros tuvieron que cargar sus maletas y caminar desde la calle donde están las rejas hasta el edificio. Los que llegaban de Bogotá se vieron obligados a correr con sus maletas, bajo un aguacero. Los presentes estábamos indignados, pero de nada sirvieron las explicaciones sobre las necesidades de los ancianos, la inclemencia del clima, ni de los derechos de los ciudadanos quienes en últimas hemos pagado por ese aeropuerto. Son órdenes de la Vicepresidencia, decían. Llegaba el vicepresidente, había que garantizarle su seguridad, y por ello los demás teníamos que soportarlo todo. Colaborar.

Se ha vuelto costumbre que la seguridad de quienes ocupan cargos importantes es excusa para la incomodidad y el atropello de los ciudadanos. Los escoltas consideran que pueden aplastar a los vehículos particulares, volarse los semáforos, atascar las vías y generar trancones porque así lo requiere la seguridad del personaje. Cada vez son más las autoridades que no se someten a las normas impuestas para todos. Requieren escenarios especiales, donde en procura de su seguridad no se aplica la generalidad de la ley, y más aún, la comunidad tiene que incomodarse, padecer y a veces suspender el libre ejercicio de sus derechos.

Paradójicamente, todos los días son asesinadas y secuestradas muchas personas del común y poco empeño muestran las autoridades para evitarlo. Por ejemplo, por la misma visita del Vice, supe que la ciudad tiene muchos policías. Cada cierto numero de metros pude verlos en guardia. Tal vez si los policías estuvieran como ese día todos en las calles vigilando, la seguridad ciudadana mejoraría. Hay una contradicción evidente entre la manera como el Estado protege a los suyos y lo que hace con los ciudadanos. Me acordé de la conferencia de un Alcalde de Bogota, en la que sostuvo que el derecho a la defensa era medieval y que no tenía sentido en esta época. Lo dijo con un chaleco antibalas puesto y tenía un corazón en el pecho. Lo dijo y se fue en su carro blindado y con sus escoltas. No supe si estaban desarmados.

Por supuesto que reconozco el valor simbólico de las figuras públicas y el impacto que un crimen sobre ellos puede causar en la sociedad, pero esto no justifica lo que viven los ciudadanos. Si la seguridad de los personajes implica semejante aplastamiento, es mejor que los guarden en lugares apartados y custodiados. Que se comuniquen por los medios y que la sociedad no tenga que padecer  además de la inseguridad, los atropellos por la seguridad de otros.

 

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