Por: Juan Carlos Botero

Reflexiones tras una conferencia

Como escritor, a menudo uno tiene la paradójica tarea de hablar en público acerca del autor que, quizá, menos conoce, y, sin duda, el que menos admira: uno mismo. Esto me sucedió hace poco al concluir una conferencia sobre literatura, en la cual las preguntas del público giraron en torno al oficio de escribir y el proceso creativo, y el diálogo que surgió entre todos es de las mejores vivencias que he tenido en mucho tiempo en este campo.

Ante la pregunta de cuál es la mayor ventaja de ser un escritor, sólo se me ocurrió la respuesta más obvia: que todos los días uno entra en contacto con algunas de las páginas más bellas que se han escrito en la historia, y eso proporciona una cotidiana y saludable lección de humildad. Claro, esas páginas sirven para enseñar a escribir, pero también para recordarle al escritor lo que de veras ha logrado y lo mucho que aún le falta por lograr en ese empeño sobrehumano que es escribir algo perdurable. Y aunque es posible que eso nunca se logre, o que se logre pero al público de su tiempo no le interese, el esfuerzo de intentarlo es válido, porque la calidad estética ennoblece a quien la produce y a quien la disfruta, y porque sólo el arte aumenta la vasta realidad: aporta mundos, añade personajes, genera sentimientos y agrega relatos. Por eso no les temo a los avances de la tecnología en el mundo de los libros, porque la gente siempre necesitará contenidos, y eso es lo que ofrecemos los autores sin que importe el formato. Contenidos. Historias. Y si son buenas, siempre hay la posibilidad de que éstas las terminen disfrutando los lectores.

Además, el arte en general y la literatura en particular también sirven para despertar a la gente. Porque a diferencia de lo que ocurre con los enfermos de gravedad, que requieren de silencio y palabras amables para soportar el dolor y a lo mejor olvidar por unos segundos la inminencia del fin, una sociedad enferma requiere de todo lo contrario: que le recuerden con frecuencia y a gritos lo mal que está. De lo contrario el malestar se relativiza y la enfermedad se confunde, peligrosamente, con la normalidad. Y las grandes obras de la literatura hacen eso: señalan con alaridos los aspectos de la comunidad que ya no están madurando, como decía Andrés Caicedo, sino que se están pudriendo.

En fin, creo en el poder de la palabra. Eso no significa que la literatura deshace nuestras más hondas tristezas ni despeja todas nuestras dudas. Su milagro es otro: proporciona un alimento tan importante para la vida como el alimento físico que consumimos cada día. Porque la literatura no es un lujo sino una magia que enriquece y transforma al hombre y a la sociedad. Y cuando los escritores atravesamos los vastos desiertos de la infertilidad, cuando no logramos avanzar en los textos como si tuviéramos la nieve impidiendo el andar, con la masa blanca llegando a la cintura y el viento rugiendo en contra, vale recordar que aquellos son apenas períodos de silencio. Y eso lo requiere todo proceso creativo, porque en últimas el silencio no es tanto la ausencia de sonidos como el vacío necesario para la creación de los sonidos propios. Y con suerte quizás uno de esos sonidos podrá despertar una sonrisa, una lágrima o una idea, y entonces todo el esfuerzo y el trabajo anterior se habrán justificado.

 

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