Por: Luis Carvajal Basto

¿Reforma?

Los cambios en las reglas políticas y electorales  a punto de aprobarse reflejan la realidad del congreso pero no la del país y el mundo. Sin embargo, así funciona la política real.

Resulta inútil e ingenuo quejarse  de las consecuencias del realismo en política. La que se está cocinando no es la que el país necesita, siendo solo la posible en las actuales circunstancias. Así que más vale buscar las razones de este nuevo fracaso en la intención de cambiar nuestras reglas y costumbres políticas.

De la propuesta que hizo la promocionada misión electoral especial no queda, prácticamente, nada. El  mecanismo de  listas cerradas, un paso firme hacia el fortalecimiento institucional, quedó en veremos  y del proyecto que presentó el ministro del interior, en el que destacaba su intención de impedir el transfuguismo, mucho menos.

La actual propuesta de reforma surgió de los acuerdos con las FARC,  pero se consideró como una oportunidad para poner al día nuestra legislación. El primer argumento con que se comenzó a deslegitimar en el congreso y la opinión, es que se trataba de la “ley Cristo”, en cuanto se había preparado durante el ministerio de un ulterior precandidato. Con esa sindicación terminó convertida en ley  anticristo, pero no en una que reconozca las nuevas realidades y retos de  política y  tecnología en Colombia y el mundo. Vale decir que la propuesta original tampoco lo hacía.

Un ejemplo de lo que ocurre en los procesos internos de las corporaciones públicas, en los que deliberan personas naturalmente motivadas por intereses prioritariamente  personales como en este caso  es su  inminente reelección, y ante la falta de solidez de los partidos, es lo ocurrido con el transfuguismo: al presentar la reforma el ministro dijo que no se permitiría solo para que, finalmente, se convirtiera en uno de los estandartes. Habría que llamarlo transfuguismo vergonzante: si en algún momento podía ser necesario o justificable es, precisamente, en este.

Debemos reconocer que vivimos un periodo de realineamiento, con una ruptura  histórica, en un escenario en que nadie, ni el Centro Democrático que ha buscado agrupar a las “derechas”, tiene mayorías. Aunque su primer argumento sean los acuerdos con las FARC y la polarización que les acompañó y sucedió, cualquier modificación, y aquí existía la oportunidad, no podía desconocer ese hecho. Propiciar  las condiciones para la integración de  sectores afines es una consecuencia natural, al menos por una única vez. Si finalmente se aprueba, el congreso debe garantizar que las nuevas coaliciones permanezcan en el tiempo, cuando menos durante los próximos 12 años, aunque no sea propiamente una reforma sino un remiendo.

Otra importante lección se refiere a la trascendencia de los tiempos en política, tanto los reglados como los que no lo están: las FARC dilataron las negociaciones hasta que quisieron  provocando escepticismo y agotando el capital político de quienes apoyaron los acuerdos. En su particular visión de “régimen” no consideraron que al gobierno con que negociaban se le agotaba el tiempo y su gobernabilidad. No pueden quejarse: son, ahora que se encuentran en el mundo político real, “victimas” de su propio invento.

Entre las muchas cosas que nos queda debiendo una verdadera reforma, se encuentra un elemento que no se ha considerado suficientemente en ninguna de sus versiones: la perentoria necesidad de incorporar a la  legislación los instrumentos que ha hecho posible la revolución digital y que motivarían una verdadera transformación al involucrar en el sistema político a sectores, muchos de ellos urbanos y “nuevos”, que no se han expresado históricamente. Esos sectores superan en número e importancia, económica y política, incluso, a  poblaciones  rurales  a las que consideran representar las FARC.

Una prueba de ello la tendremos en las próximas elecciones en las que ese movimiento tendrá candidatos: se reciben apuestas sobre que el incremento de la participación  no va a superar, si es que lo hace, en un 10%  la votación habitual. Y no se puede olvidar que  el principal problema de nuestra democracia, y del desarrollo  constitucional, sigue siendo la escasa  participación, no solamente electoral. Para comenzar, nos seguiremos debiendo esa indispensable  reforma y actualización política.

@herejesyluis

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