Por: Santiago Montenegro

La reforma tributaria

La reforma tributaria que acaba de radicar el ministro de Hacienda es conveniente para el país por varias razones.

Primero, estimula la inversión y el empleo al reducir la tarifa y permitir que las empresas descuenten del impuesto de renta el IVA pagado por los bienes de capital. Aún así, el impuesto de renta de las empresas quedará entre cinco y siete puntos por encima de los niveles que tienen Chile y Perú. Segundo, en el impuesto de renta la reforma da pasos para redistribuir las cargas desde las empresas hacia las personas naturales, que en Colombia han estado exageradamente concentradas en las primeras. Aunque parezca increíble, en nuestro país el uno por ciento de las empresas pagan el 80 por ciento de los impuestos de las personas jurídicas. Tercero, la reforma simplifica mucho la liquidación de los impuestos de las empresas y de las personas naturales. Cuarto, al establecer el llamado monotributo y estimular el uso de la factura electrónica da pasos interesantes para incentivar la formalización. Quinto, aunque se queda corta en relación con las recomendaciones de la comisión tributaria, introduce algunos controles a las entidades sin ánimo de lucro y trata de poner cierto orden a los tributos territoriales.

Por la vía negativa, la reforma es necesaria porque evita que las calificadoras de riesgo reduzcan el grado de inversión de la deuda soberana, lo que precipitaría un incremento en las tasas de interés y una desvalorización inmediata de las empresas colombianas.

Pese a estos efectos positivos, la situación fiscal del país exige con urgencia otros ajustes. Primero, la regla fiscal debería definirse, no con base en el balance fiscal, sino sobre un nivel sostenible del gasto público total como porcentaje del PIB. Una regla así haría que se generen superávits fiscales en épocas de bonanza y déficits con bajos ingresos tributarios. En buena medida, estamos en esta crítica situación porque, a pesar de haberse respetado la actual regla fiscal, el gasto público subió con la bonanza y ha tenido cierta inflexibilidad a la baja cuando los recaudos disminuyeron. Segundo, queda pendiente una reforma estructural de los impuestos indirectos, entre otras razones, para formalizar la economía. Aunque elimina algunos bienes exentos y excluidos, la reforma debió gravarlos todos con unas tarifas razonables, incluso reduciendo la tarifa superior por debajo del 16 por ciento. Y, para compensar los efectos negativos sobre la distribución del ingreso, se podría devolver el IVA pagado por las personas de menores ingresos con programas compensatorios. Tercero, hace falta crear una nueva entidad de impuestos y aduanas, completamente aislada del ciclo político, con mucho más personal especializado, con sistemas de información de frontera y con tecnología de punta. Como está, la DIAN, por ejemplo, no tiene la capacidad de escudriñar los paraísos fiscales o lo que hacen las 75 mil fundaciones o constatar que las miles de empresas que usen el monotributo operen, efectivamente, en menos de 50 metros cuadrados como propone la norma. Cuarto, hay que eliminar el impuesto a las transacciones financieras y, en general, desestimular el uso del efectivo para reducir la informalidad, la evasión y las actividades delictivas.

Después de ponderar los efectos positivos contra los negativos, el efecto neto de esta reforma será positivo, primordialmente porque estimulará la inversión y la creación de empleo. Sus efectos estructurales de largo plazo dependerán de medidas complementarias que deberán introducirse pronto.

 

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2016-10-23T21:00:51-05:00

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La reforma tributaria

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