Por: Andrés Escobar

Reforma tributaria no fiscalista

Hace algunos meses el Gobierno anunció que nos espera otra reforma tributaria.

Será presentada al Congreso en el segundo semestre del año. Junto con la ley que reglamenta el acto legislativo de regalías, será el plato fuerte en materia de reforma a las finanzas públicas en lo que queda del año.

La filosofía detrás de la reforma promete no repetir el enfoque fiscalista detrás de los numerosos cambios que ha sufrido el Estatuto Tributario durante los últimos 20 años. El Ministerio de Hacienda habla de una reforma más ‘amigable’ con los negocios, no de una que persiga aumentar el recaudo como propósito principal. El Gobierno, dice el Ministerio, ya recibe un recaudo mayor al esperado, gracias a la tributaria que se aprobó el año pasado. Además, en los próximos años habrá cuantiosos ingresos para el fisco nacional, derivados de la explotación de recursos naturales. La buena coyuntura daría incluso para pensar que en el proyecto de reforma se proponga al Congreso reducir la tasa de impuesto de renta.

A pesar del novedoso enfoque del proyecto del Gobierno, ojalá no se deje de lado la solución a problemas estructurales del sistema tributario colombiano. Así suene exagerado para algunos, tenemos un nivel de tributación bajo; es decir, destinamos una porción relativamente baja de nuestro ingreso como país para el pago de impuestos.

Por otra parte, hay una tarea pendiente de ampliar bases, esto es, de aumentar los sujetos y las transacciones gravadas. Finalmente, el impuesto al patrimonio no podrá mantenerse indefinidamente y el cuatro por mil será eventualmente eliminado, así que habrá faltantes de impuestos  en el futuro.

Debemos movernos hacia un sistema tributario en el que, como dijo recientemente el director de la DIAN, paguemos lo que dice la ley, porque se trata de una ley razonable y también porque habrá penalidades creíbles para evasores de todos los pelambres. Pero, por otra parte, nuestro sistema tributario deberá generar recaudos consistentemente más elevados a los actuales. Las cuentas que hagamos deben considerar la posibilidad de que el futuro petrolero que nos espera no sea tan promisorio y que, a fin de cuentas, dependemos de nuestra propia capacidad de generar recursos.

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