Por: Tulio Elí Chinchilla

Reformas e inestabilidad constitucional

LA TRAMITACIÓN DE REFORMAS A la Carta de 1991 en diversos temas, suscita interrogantes sobre el impacto que la frecuente adopción de mudanzas constitucionales puede tener en la idea misma de Constitución.

¿Un reformismo tan impulsivo e incontrolado no terminará erosionando el sentimiento constitucional trabajosamente tejido en torno a nuestra norma de normas?

Algunas enmiendas son aconsejables para corregir diseños institucionales defectuosos en el texto original, pero alarma que llevamos ya treinta y cinco reformas a nuestra Constitución en sólo diecinueve años de vigencia. Y lo peor: muchas anodinas, otras aprobadas sólo para complacer intereses coyunturales u obsesiones del gobernante de turno, algunas adoptadas como vía para eludir el control constitucional mediante la conversión de textos legales ordinarios en cánones supremos, otras con el fin de copiar figuras institucionales atractivas de naciones que nos sirven de referentes.

Mientras tanto, en Estados Unidos de América el texto original de la Constitución sólo ha sufrido veintisiete reformas en doscientos trece años de vigencia, la mayoría de ellas para adicionarlo con nuevos derechos civiles (la última Enmienda data de 1992). Ni siquiera la escarpada dificultad para declarar electo a Bush en 2000, motivó la más mínima propuesta de enmienda al anacrónico mecanismo de elección presidencial indirecta (por colegios electorales).

En España la inquebrantable reticencia a tocar el texto de la Constitución de 1978, sólo ha admitido una excepción: adicionar la palabra “pasivo” al Artículo 13, para poder ratificar el Tratado de Maastricht (1992) que exige otorgar a los ciudadanos europeos el derecho a ser elegidos en las municipalidades. Y a pesar de que en asuntos tales como la forma de integrarse el Senado español nadie está contento, tampoco se quiere correr el riesgo de empeorarla con reformas buenas en el papel, pero cuyos efectos reales son imprevisibles. Un documento que alberga el pacto básico de convivencia, debería permanecer intocable en lo posible, aunque medien razones para mejorarlo.

Sociedades con arraigado sentimiento constitucional tienen claro que la vocación de permanencia de los textos fundamentales es indispensable para ser percibidos como código supremo de convivencia. Las reformas se suceden en ciclos históricos muy amplios. Una comunidad que todos los días modifica sus reglas básicas, carece de orden fundamental. Los defectos semánticos y de ingeniería constitucional —inevitables en toda Carta— pueden corregirse con buena fe constitucional, jurisprudencia razonable y equilibrada o mediante leyes orgánicas que la completen.

Tal vez nuestro procedimiento de reforma constitucional se ha tornado una vía más expedita que la expedición de una ley. Pero puede haber algo más de fondo: la ilusión de que nuestras siete plagas tienen origen en el texto constitucional y se solucionan mediante modificaciones a éste. ¿Sobrestimación fetichista del poder mágico de un librito para moldear la vida? ¿Bajo sentido del valor ético de las reglas fundamentales? El constitucionalismo es un sentimiento, una cultura, o no es nada.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Tulio Elí Chinchilla

Traducciones

Lo popular y lo vulgar

Novelar y enseñar

"Qué difícil es hablar español"

"La Voz" (sin lamentaciones)