Por: Alvaro Forero Tascón

Reformas, ¡por fin!

DESPUÉS DE MÁS DE UNA DÉCADA dedicado a administrar, el país por fin está pensando otra vez en hacer algunas de las reformas que requiere su enorme problemática.

Durante los últimos doce años la agenda pública la impuso las Farc, y la política para responderles la diseñaron los Estados Unidos con el Plan Colombia. Con algunas excepciones puntuales, la iniciativa de los gobiernos estuvo limitada a implementar el Plan. Para aprovecharlo políticamente, Álvaro Uribe sólo le agregó caudillismo y lo rebautizó seguridad democrática.

Mientras se dedicaba a buscar el Santo Grial de la seguridad, Colombia se convirtió en el país de mayor informalidad, desempleo y desigualdad del continente. Porque la tesis de que basta con la seguridad que genera confianza a los inversionistas, se parece a la fórmula que sostenía que lo bueno para General Motors era bueno para Estados Unidos. Hasta que se quebró General Motors y tuvieron los Estados Unidos que resucitarla a grandes costos.

Durante el pasado gobierno, éste se opuso inicialmente a la única reforma institucional de importancia, la reforma política que presentó el Partido Liberal. Las otras fueron contrarreformas: la unificación de los ministerios, la reducción de las transferencias a las regiones, la agraria. Y, por supuesto, el levantamiento de la prohibición a la reelección presidencial inmediata. El país pudo darse el lujo de una parálisis tan prolongada gracias al populismo en lo político y al boom internacional en lo económico, que como toda anestesia insensibilizaron temporalmente al paciente mientras crecían tumores en la salud, en la justicia, en la política, en el empleo, en la infraestructura, en las regalías, en la tierra.

La agenda legislativa del nuevo gobierno está dedicada a operar algunos tumores que se dejaron crecer a extremos durante décadas, como la politización del Consejo Superior de la Judicatura, la malversación de las regalías o la falta de desarrollo legal del ordenamiento territorial. Otros son más recientes, pero también se dejaron llegar a estados muy agudos, como el de la salud, el del empleo y el de la tierra.

Queda la pregunta de si las reformas del gobierno Santos tienen la profundidad necesaria. Si los cambios que va a introducir el Gobierno son de fondo. Hay un cambio estructural que lo es: el regreso al verdadero respeto a la Constitución. Pero las reformas legislativas están aún en una etapa muy inicial para evaluarse. Algunos sostienen que el Presidente es demasiado pragmático para arriesgar su gobernabilidad con reformas de verdadero calado. Pero desafiados radicalmente por opositores, presidentes pragmáticos y acomodaticios, como Abraham Lincoln, fueron hasta las últimas consecuencias en temas cardinales para la consolidación de la nación, como la prohibición de la esclavitud, que dividía al norte del sur, y que guardadas las proporciones puede ser el equivalente al de la tierra en Colombia, como factor de división entre la nación urbana en proceso de modernización y la atrasada y violenta que la jala hacia atrás. El tema de la reforma de tierras ya se convirtió en uno de los definitorios de la presidencia de Juan Manuel Santos. Buena parte de su legado depende de si lo deja a mitad de camino o lo saca adelante.

 

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