Por: Columnista invitado EE

Reformas y veracidad democrática ¿Para qué puede servir hoy en Colombia la creación del Estado regional?

(Este artículo se basa en el discurso de ingreso pronunciado en la Academia de Jurisprudencia el 29 de octubre pasado, día en que al autor le cupo, a mayores, el inmenso honor de jurar la nacionalidad colombiana por adopción)

Por: Eloy García *

Los que por estos días dedican sus esfuerzos a reflexionar serenamente sobre los acontecimientos que están a la vista de todos, posiblemente encuentren respuesta a las inquietudes que preocupan al colectivo nacional desde una combinación de las enseñanzas recogidas en los libros y las vivencias de la práctica.

Parece obvio que la realidad demuestra con la tozudez que sólo los hechos tienen acreditada, que vivimos tiempos de zozobra en que enormes turbulencias asoman por el horizonte de la mundialización, aunque, justo sea reconocerlo, en esta parte del mundo la sangre no haya llegado todavía al río. Colombia se haya en líneas generales en orden. En el mismo orden, al menos, que lo estaba hace un mes. Pero también es cierto que desde las entrañas de la sociedad ruge una inquietud de reformas que no es virtual, es real y tangible y que se palpa cada vez más inflamada.

Los colombianos saben que el país requiere de una transformación política que ponga a las instituciones a la altura de una sociedad que evoluciona muy rápidamente y que no sólo no está dispuesta a tolerar ni inmoralidad ni corrupción, sino que pide y exige bastante, mucho más. Más servicios públicos que posibiliten la movilidad y que proporcionen oportunidades educativas, que organicen la sanidad, el agua, la electricidad y que, en definitiva, ofrezcan desde el Estado todo lo que pueda deparar a los colombianos la condición de hombres dignos.

Hay que hacer reformas, sin duda, pero el primer problema es cómo se llega a ellas sin causar más inquietud. No sólo hay que consensuar lo que se cambia; antes de nada, hay que llegar a un acuerdo sobre el procedimiento, sobre la vía para acometer el cambio, de manera que el camino para las reformas no suponga un problema añadido ni pueda ser interpretado como una maniobra falaz destinada a apagar falsamente una infección que de no ser bien curada puede convertirse muy pronto en grave mal.

Y eso es justamente lo difícil, porque no estamos ante una tarea que encuentre su vía en el camino natural de la reforma constitucional. La experiencia de las cosas nos enseña que las anteriores reformas constitucionales han embrollado y no solucionado los problemas. Aunque jurídicamente resulte factible, el recurso a la reforma constitucional es hoy por hoy, en Colombia, política y sociológicamente inviable y por consiguiente desaconsejable. De tanto acudir a ella, la reforma constitucional se ha deslegitimado. Y proceder de ese modo sería algo peor que un error, sería un auténtico crimen de Estado porque el pueblo, desgraciadamente, ya no cree en la reforma constitucional.

Y entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo garantizar que los cambios que resultan imprescindibles para evitar el huracán que todos los vientos anuncian ponga a estas tierras ante el brete de la destrucción y el caos en que se encuentran ya otras naciones cercanas?

La política --como sabían los clásicos-- es el arte de encontrar rumbos donde no parece haberlos, de trazar una ruta para navegar cuando todo parece haberse perdido. De ahí que los griegos, que conocían bien lo que era navegar en medio de las tormentas, equipararan la política con la navegación. Platón da cuenta de ello cuando acude a la metáfora del gobernante/piloto capaz de conducir la travesía por ruta segura. Precisamente la palabra latina gubernaculum (gobierno) es la traducción al latín del término griego timón. Sólo el timón puede garantizar la estabilidad de la travesía. Por eso construir un buen timón equivale a construir bien el barco. Y en Colombia conviene recordar todo esto cuando la nación debe afrontar un tiempo nuevo que precisa de un instrumento estable que dé gobernabilidad al país.

Ese es exactamente el sentido que la reforma constitucional tiene en los libros y tratados de los autores: conjugar continuidad y cambio gracias a un buen timón. Pero donde el timón no sirve y está obsoleto ¿cuál es la alternativa? Pues en Colombia la hay porque existe un mecanismo de gobernabilidad (estabilidad) constitucional al que no todos han prestado la atención que merece: la ley 1962 de 28 de junio de 2019, más conocida por el nombre de su impulsor, el gobernador Eduardo Verano de la Rosa.

La ley Verano es un instrumento de gobernabilidad para el presente de Colombia por tres concretas razones que me apresuro a sintetizar.

Primero, porque responde a un hecho natural que se asienta en la historia. Colombia es una República de ciudades y provincias que tienen profundas raíces en la sociedad, fenómeno casi único en América donde --incluso en los Estados Unidos-- la estructura territorial del poder es un artificio, un invento de la razón jurídica. Y no cabe olvidar que los hechos naturales resisten mucho mejor las tempestades que los artificios humanos, y por ello dan más continuidad a la vida política.

Segundo, el Estado regional puede permitir que se hagan las reformas que precisa Colombia con menos resistencias y dolores porque las reformas que su implantación requiere afectarán a todos, a las regiones y al poder central. Como recordaba siempre el maestro alemán Konrad Hesse, un Estado regional es también un Estado. Creando el Estado regional se pueden poner en marcha también las reformas que el poder central necesita sin que nadie se moleste. El Estado regional es el gran instrumento para la reforma institucional que la sociedad está exigiendo.

Tercero, los servicios públicos precisan ser desarrollados desde directrices legales centrales, pero por nuevas administraciones regionales. Los servicios se prestan in situ e in situ deben ser organizados. Extender la justicia social a todos los colombianos precisa de la definición legal desde el poder central de unas bases que deben ser operadas y juzgadas por la administración de las regiones que van a nacer de aquí al 2022.

Estamos en un momento clave en el que Colombia no puede equivocarse porque se juega la credibilidad que con años de sacrificado esfuerzo han conquistado las generaciones del pasado. Las que vencieron a Escobar. Las que han convertido a esta tierra en el país más estable y confortable de la América hispana. Las que han conseguido que toda Europa vea en Colombia la nación elegida. Pero no equivocarse significa sobre todo obrar con veracidad, es decir, hacer creíble a una sociedad que tiende a no creer en nada, la seriedad de la voluntad de reformar la política. Éste es sin duda el mayor desafío por el que hoy atraviesa Colombia, el de la verdad democrática.

* Doctor en derecho.

(Este artículo se basa en el discurso de ingreso pronunciado en la Academia de Jurisprudencia el 29 de octubre pasado, día en que al autor le cupo, a mayores, el inmenso honor de jurar la nacionalidad colombiana por adopción) 

 

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