Por: Guillermo Angulo

Refrito de una historia

ME GUSTA LEER A INDRO MONTANElli, un italiano toscano por más señas, excelente periodista e historiador no ladrilludo. La manera como se hacía presentar en las solapas de sus libros muestra su gran sentido del humor:

“Montanelli vive en Roma, en una terraza sobre Piazza Navona, en la que al fondo hay algunos cuartos. No pertenece a ningún partido. No ha sido nombrado caballero por ningún gobierno. Vive solo con un perro lobo llamado Gomulka, que lo trata como un perro”.

Hace años leí un interesante relato histórico suyo, que no he podido volver a encontrar. Sus libros son muchos, muy buenos y quizá el que busco lo presté. Un amigo gay me preguntó hace poco: “¿Tú sabes la diferencia entre homosexual y marica?”. Sin esperar mi respuesta negativa aclaró: “Marica es el que presta un libro”.

La historia de la que voy a hacer un refrito es auténtica, aunque los detalles pueden estar cambiados por las trampas de la memoria: Guillermo Brazo de Hierro llamado así porque le cercenó la cabeza a un sarraceno de un solo golpe— quería ser coronado rey, pero sólo la coronación hecha por el Papa se consideraba válida. Y a Guillermo no le gustaba el Pontífice, que tal vez era Benedicto IX, reelegido en tres ocasiones siempre mediante sobornos. La primera elección la compró su papá, cuando el niño Teofilatto apenas tenía 11 años.

 Como Brazo de Hierro no quería ir a Roma escogieron de común acuerdo con el Vaticano una especie de zona de distensión, en donde ambos potentados se encontrarían. Guillermo empezó cometiendo un grave error: cuando se topó con su santidad, por soberbia no extendió su brazo de hierro para tomar las bridas del caballo del Papa Benedicto mientras éste se apeaba. Ante tal desacato el Papa se enfureció y dijo que no lo coronaba.

Pero en ese entonces se pensaba que los más difíciles problemas se podían arreglar por la vía diplomática, así que Papa y rey no coronado acamparon en lugares separados, mientras los diplomáticos de ambas partes conversaban entre sí viendo cómo salir de tan difícil problema.

Y al tercer día: ¡Eureka!, encontraron una solución que satisfizo a ambas partes: la película se iba a echar para atrás (ellos no usaron este símil, sin duda alguna sospechando que hubiera podido parecer altamente anacrónico) o sea, los caballos de ambas comitivas retrocedieron media legua, reemprendieron el camino y al encontrarse Guillermo extendió su fuerte brazo, tomó las bridas del caballo del Papa, éste desmontó, se saludaron (sin mucha efusión), el Papa tomó en sus manos la corona de Guillermo y se la puso en la cabeza, le dio apurada bendición y, de nuevo sobre sus caballos, cada uno se regresó a su reino: el terrestre y el divino. Una vez más, había triunfado la diplomacia.

Yo sé que ahora se usa poner al final de los relatos, aunque los protagonistas sean reales, una advertencia que más o menos dice: “Los personajes de esta historia son ficticios y cualquier parecido con personas vivas o muertas o con acontecimientos verdaderos, es meramente coincidencial”. Me niego a hacerlo, ya que advertí desde un principio que los personajes son históricos, hace mucho que están muertos y nadie va a protestar. No hay pues posibilidades de pleitos ni protestas de las autoridades competentes, mucho menos de las incompetentes.

Si la historia está mal contada, es mi culpa, y se habrán imaginado la razón: la conté torpemente fiándome de mi gastada memoria, ya que presté el libro y no me lo devolvieron. Por marica.

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