Por: Santiago Montenegro

Refundar a Colombia

Otra vez han reaparecido las narrativas que argumentan que hay que refundar a Colombia, que hay que volver comenzar de cero para, esta vez, hacer las cosas bien y eliminar, de tajo, todos los problemas. La corrupción, la desigualdad, el clientelismo se resuelven refundando el país. No es el fin de la historia, como predijo Fukuyama, sino su comienzo. Es el sueño de que es posible volver a nacer.

Estas ideas del fin o de un nuevo comienzo de la historia son variantes de lo que se conoce como el historicismo o la noción de que la historia de la sociedad está regida por leyes científicas que determinan su curso y que pueden ser descubiertas por caudillos, jefes supremos o filósofos y científicos sociales, como en su momento lo pretendieron los pensadores de la Ilustración, luego Hegel y Marx y, en nuestro tiempo, politólogos como Fukuyama. Si el devenir de la sociedad tiene una ley científica que determina su curso, entonces solo hay que descubrirla para lograr la “solución final” a los problemas y lograr la felicidad ahora, para todos y para siempre. Y, si no es la solución final, se puede intentar un nuevo comienzo —la refundación— que nos situará en el curso correcto hacia esa solución definitiva.

Según Isaiah Berlin, el pensamiento de Occidente, desde la antigüedad hasta la Ilustración, fue guiado por la noción de que “la verdad es única y el error es múltiple”. El resultado de la Revolución Francesa, que en lo inmediato llevó a una violencia atroz y al restablecimiento de la monarquía, comenzó a resquebrajar esa idea de una “única verdad” y, como consecuencia, gradualmente fue emergiendo un racionalismo crítico y liberal que argumentó que la sociedad, efectivamente, puede ser científica, pero no porque tenga leyes que determinan su curso, sino porque puede aprender de sus errores, para no repetirlos; un pensamiento escéptico que reconoció que nadie tiene la verdad revelada; que la sociedad debe ser abierta a la crítica y a la elección y a la remoción por vía pacífica de sus gobernantes; que predecir el futuro es imposible, entre otras cosas, porque solucionar unos problemas crea otros problemas. El fracaso colosal del fascismo, el nazismo y el comunismo, en el siglo XX, pareció enterrar esos proyectos políticos que concebían un supuesto conocimiento de la “verdad” y su correspondiente solución final.

Los problemas, entonces, no se solucionan refundando el país, ni con una nueva Constitución, sino paso a paso, “aprendiendo de los errores, para no repetirlos”. La erradicación de la corrupción, por ejemplo, se puede comenzar a hacer con sistemas de información que sitúen en línea y en tiempo real la ejecución del presupuesto, de manera que la pueda ver cualquier ciudadano; los problemas de la justicia pueden comenzar a resolverse con un nuevo procedimiento de elección de los magistrados y con un tribunal de aforados; el clientelismo se puede terminar con un gobierno que se niegue a dar puestos y cupos indicativos a cambio de aprobación de leyes en el Congreso; el rezago en la productividad puede comenzar a revertirse cuando se advierta la enorme informalidad laboral, entre muchos otros problemas.

Los problemas se solucionan, entonces, encarándolos y no pretendiendo refundar el país, que es otra manera de evadir, no sólo las responsabilidades, sino también el debate sobre cómo alcanzar soluciones concretas.

 

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