Por: Alfredo Molano Bravo

Regalito de Navidad

En prinicipio, digamos que el programa “Regalo de Navidad” que organiza el Ministerio de Defensa suena bien y produce hasta cierta ternura ver por televisión, oír por radio y leer por la prensa a un guerrillero abrazar a un capitán del Ejército Nacional disfrazado de Papá Noel el día de “Merry Christmas”.

Seguramente los guerrilleros se desmovilizan durante todo el año, pero ese día, día de paz, se toman la foto. Las fotos, porque también salen con la mamá, la novia, el tío. Como es obvio, para ese acto ya han tenido que aprenderse el guión de memoria y recitado muchas veces en los patios de los cuarteles frente a mi cabo, mi sargento, mi teniente. Todo dirigido y supervisado por técnicos de la Lowe-SSP3, que por la W de la sigla se debe suponer que se trata de una “operadora” gringa o inglesa. Gente muy técnica en estrategias publicitarias bélicas. Recitan una historia que puede tener un fondo —muy maquillado por lo demás— de realidad: “que me castigaban en la casa y me enamoré de un guerrero y me preñó y yo quería tener mi bebé y me volé y quiero besar a mi mamá y agradecerle la oportunidad al señor ministro de la Defensa y comenzar una vida nueva”. Puede alargarse el chorizo hasta dormir al general que da el visto bueno. Los mismos técnicos de Lowe-SSP3 le han enseñado a posar de frente por aquí y de perfil por allá, “que se le vea la lágrima, mija”, gritará el “Dos” (inteligencia militar), que vigila el operativo.

Nadie puede negar que detrás del reclutamiento de todas las fuerzas para hacer la guerra haya historias trágicas. ¿Que podrán contar los muchachos a los que les echan mano un domingo en la plaza de mercado de cualquier pueblo? ¿Y que contarán las mamás de ese tiempo en que los muchachos no llegan a la casa, pero los vieron con un sargento? En fin, contar historias completas, y además verídicas, no es oficio de militares. Porque en el caso de la desmovilización tendrían que comenzar mostrando los espejitos y las cuentas de vidrios de colores con que atraen las miradas de los guerrilleros. Una vieja estrategia de guerra, usada desde Colón. Y como el pasto del vecino siempre es más verde, los espejitos interesan y atraen y así se llega a la trocha que va al puesto militar y se echa a correr, “con arma mejor, porque se la pagamos”. Tal cual. Fusil a millón de pesos para pisar el negocio. Y de ahí en adelante, todo tiene precio, pero no se paga con plata sino con gabelas. Usted tiene dos caminos, se les informa a los desmovilizados en un cuarto oscuro, sin ventanas y sin ventilación: la colaboración o la cárcel. Cárcel: 18 años, lea: “ta, ta, ta = 18 años”. O, infórmenos: ¿Dónde? ¿Cuántos? ¿Quiénes? ¿Por qué lado? “Llévenos hasta allá.

Póngase esta capucha y este uniforme… lo acompañamos”. Y se van y vuelven con el mapa del polvorín entre el bolsillo. Una fina operación de inteligencia militar. El guerrillero queda así reintegrado, pero no a la llamada sociedad civil, sino a la otra, a la militar. Cambia un bando por el otro y besa a la mamá, y se le toman fotos y posa como un nuevo héroe. En este momento ya lo han bajado del uniforme, lo han afeitado y le han dado prendas civiles, que a veces incluyen una pantaloneta para jugar fútbol en el batallón. O un sostén limpio a las muchachas. Que son muchas, y que han comenzado la historia siempre con la obligación de cavar el chonto para hacer del cuerpo, “cosa que si hubiera sabido, no habría aceptado”.

Si el nuevo reclutado(a) pasa el examen, ha sido exprimido(a) como un limón, ha colaborado en forma, se le informa que ha sido de nuevo desmovilizado(a), aunque este último término no es de buen recibo por los técnicos de Lowe-SSP3. Y lo llevan a una casa-cárcel con rejas y guachimán donde se le prepara para la vida civil. Es decir: se le reparte un kit de aseo, se le da clase de guion —qué debe decir, cuándo, cómo, dónde: las cuatro operaciones—, se le lee la Constitución Nacional, se le instruye en los deberes cívicos, se le abre una cuenta de ahorros donde se le consigna una plata, que al principio es mensual, luego bimensual y así hasta completar el año. A los más comprometidos con la delación se los traslada de ciudad y se les paga el pasaje para que vivan lejos del “teatro de los acontecimientos”. El andamiaje es militar y su función es, por supuesto, reproducir la guerra.

Punto aparte: Es de pensar que al superintendente de Industria y Comercio lo nombran los gerentes de Movistar, Tigo y Claro, porque ninguna queja de los pacientes usuarios que llaman al 018000930930 tiene respuesta. Todas caen en el limbo. 

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2014-12-13T21:00:42-05:00

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