Por: Aura Lucía Mera

¡Regalos para el alma!

Luces. Pesebres. Arbolitos de colores. Pólvora. Corremos sin saber muy bien por qué. Sentimos compulsión por comprar. Enviar Whatsapps con campanitas. Acordarnos de todos los que no hemos visto durante el año. Sonreírles a los desconocidos. La adrenalina se dispara.

Así es. Nadie lo puede impedir. Ya no tenemos claro qué celebramos. Si al viejo Noel, que ahora reparte Coca-Cola, como pude comprobar en el aeropuerto El Dorado, o todavía desparrama juguetes en chimeneas inexistentes y botas coloradas; o al Niño Dios, que está próximo a aterrizar en una cunita de paja, o de madera, o de bronce, según los gustos del consumidor. He visto “tres reyes” más grandes que los camellos atravesar un río de algodón, y gallinas, patos, ovejas, leones y mariposas alrededor de una Virgen. Ángeles volando entre ramas. No estoy alucinando. Es diciembre. Nieve en el trópico, desiertos en Alaska. ¡Así es!

Me encanta esta época. Ver sonreír, intercambiar cositas inútiles envueltas en papeles brillantes con moño, comer torta de pastores, a sabiendas de que los pastores no hacían tortas, natillas tembleques y buñuelos grasientos. Sentir ganas de perdonar y abrazar, dejar salir la ternura y desamordazar el corazón. Olvidarse de la polarización, creer por un momento que la paz es posible y que podemos construir un país sensacional donde quepamos todos.

Personalmente, me meto en la alegría colectiva, me dejo llevar por las fantasías y las ilusiones. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los errores y escondo mi intolerancia, mis miedos, mis rabias y mis tristezas. No me importan las teorías de los ateos profesionales. Creo y amo a Jesús y me agarro de la mano de mi poder superior, porque sé que existe. Me quiere y me cuida. Le cierro la puerta del alma al rencor y por medio de las estrellas, que me encanta mirar, les envío bendiciones a los que no quiero, a todos los de la “lista negra” de mis afectos, para liberarme de energías negativas. Me da resultado. Me siento mejor.

Aprovecho y leo, porque también encuentro mis espacios, y me regalo libros como Los infinitos de John Banville, Rendición de Ray Loriga, Por último el corazón de Margaret Atwood, Bajo el árbol de los Toraya de Philippe Claudel, La extraña de Sándor Márai, y releer apartes del mío: Testimonio, una lucha contra el alcohol y la droga, para recordarme mis errores, mi impotencia, el infierno que pasé, y agradecer, una vez más en esta Navidad, el regalo más preciado de mi vida: la sobriedad y la capacidad de vivir plenamente y disfrutar cada nuevo amanecer. Hijos, nietos, amigos, carcajadas y llantos sanadores, nostalgias y recuerdos; lunas y sombras, amaneceres y ocasos. Inventarse cada día la vida con ilusión.

Posdata: Una frase que me impactó y quiero compartir: “Hacer silencio dentro de uno mismo es permitir que Dios se siente a nuestro lado”.

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