Por: Columnista invitado

Registros de la sensibilidad

Hace unos días leí una nota sobre el informe académico realizado a propósito del conflicto armado*.

 Y recordé un breve comentario que escribí hace un tiempo en las redes sociales. Allí decía lo siguiente: “entre los años 70 y 80 Estados Unidos elaboró dos estrategias intervencionistas en América Latina. Por un lado, la intervención militar. Por otro, la guerra del narcotráfico. El país piloto para este último experimento fue Colombia. Hoy, los socialdemócratas colombianos se precian de que su país nunca sufrió una dictadura, de que tienen uno de los sistemas jurídicos más fuertes y consensualistas de América Latina. Muchos de los países que sufrieron dictaduras construyeron un imaginario político-colectivo de esa experiencia y hoy ese relato sirve para tener conciencia histórica de los hechos.

La guerra del narco, en cambio, no permite generar esa narración histórica. El esquema del terror social intenta borrar de un plumazo las causas político-económicas de esa situación. La guerra contra el narco borra la memoria, la política y destruye el tejido social. La guerra de las drogas, por el contrario, lo invisibiliza. Es el terror puro que debe ser combatido con más terror, el círculo vicioso no deja de retroalimentarse. Sin pasado, sin futuro, sin amo ni esclavo, la guerra del narco nos sume en un nihilismo permanente”.

Recordé esto porque el informe ofrece unas cifras que alarmarían a cualquiera, a saber: según cifras oficiales, el conflicto armado ha desaparecido 220.000 personas y desplazado a 5’300.000. Es casi 10 veces los desaparecidos durante las dictaduras en varios de los países del Cono Sur. Es casi el mismo número de desplazados que en los lugares más conflictivos del planeta. Pero a pesar de ello se consigue algo inaudito, algo que debería hacernos pensar, puesto que tiene similitudes con lo que está tratando de instalarse en las “democracias” de otros países, a saber: crear dos tipos de sensibilidades antagónicas, pero compatibles en el interior de los sujetos: la sensación sublimada del horror y la convicción de que se vive en una democracia liberal de mercado.

Es decir, la capacidad para hacer vivir una experiencia psicótica en la sensibilidad de los sujetos, en la que la polaridad de esos dos registros impide la construcción de cualquier relato. Frente al sí del sentido impera el ¡NO!

Se mira con desdén e ínfulas de superioridad institucional la situación en Venezuela y Argentina y se olvida la dimensión de lo que supone para una sociedad masacrar cuatro niños desplazados y asesinar, en plena democracia, a uno de los líderes más importantes del Congreso de los Pueblos. ¿Acaso Colombia no ha sido uno de los lugares privilegiados para crear los laboratorios psicóticos de la sensibilidad, donde el horror más inaudito convive con la creencia en una democracia liberal?

Pero no hay que sucumbir en el pesimismo, que no es sino una forma de pensamiento reaccionario. Prefiero pensar que tras la firma de la paz, Colombia tendrá la fuerza para desatar el hilo de Ariadna con el que intenta subyugar a los demás países de la región.

 

 

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