Regreso a clases: ¡ojo con el culto a la tecnología!

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En tanto que hemos vivido una situación de aislamiento social obligatorio por el SARS-CoV-2, la creencia de que las tecnologías tienen y tendrán una especie de papel “salvador” en el regreso a clases parece estar sobrevalorada. Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla. El uso acrítico de las tecnologías en escenarios educativos o sociales más amplios comporta varios problemas que es necesario tener en cuenta si queremos construir cimientos fuertes para un nuevo y necesario modelo educativo. Entre estos, destaco tres: el “aislamiento intencional”, el sesgo humano imbricado en las mismas aplicaciones tecnológicas y la naturalización del “vaciado ético”.

El aislamiento intencional empieza lamentablemente en la familia. He visto cómo algunos padres utilizan televisores, celulares, tablets y videojuegos para literalmente “quitarse los niños de encima”. Así pasan horas expuestos a pantallas con contenidos violentos o que fomentan la competitividad insana y agudizan el individualismo. La consecuencia es que dichos comportamientos se van interiorizando como formas de relacionarse socialmente aceptadas. Los adolescentes y adultos también utilizamos las pantallas para no interactuar o aislarnos en ambientes que no nos agradan. Pero, aunados, confinamiento y tecnología pueden ser una fórmula explosiva cuyas consecuencias no tardaremos en ver.

El cerebro es un órgano social y la intuición y el contacto entre las personas es insustituible. De allí que el autismo y las sociopatías, entre otras, se caracterizan por problemas de relación social. La educación implica detectar estas situaciones y tratarlas responsablemente con las familias.

Que los humanos seamos felices en el acto de aprender o comprender que “ser es pertenecer” no son algoritmos incorporados en las tecnologías. Hemos vuelto sinónimos los conceptos motivación y felicidad. Tal vez esta sea una de las razones por las cuales se interpreta que una educación es exitosa en la medida en que se obtengan buenos resultados del aprendizaje, sin que el proceso importe o que el número de interacciones a través de una pantalla sea un indicador de éxito del modelo. Muy pobre resulta asumir esto como una verdad a ciegas. El contexto no es igual a cero, como tampoco lo son las diferentes formas de aprender.

El segundo problema, el sesgo humano existente en las tecnologías hoy ya diseñadas con base en los avances de la inteligencia artificial, al ser construidas por seres humanos, son tan solo el reflejo de las mismas limitaciones, omisiones o prejuicios de quienes las desarrollan. Sin embargo, hay quienes creen que los perfiles o resultados que producen son indiscutibles porque han sido comercializadas precisamente como herramientas “capaces” de reducir el sesgo humano y de tomar decisiones más “justas”. Sin embargo, los pronósticos de desempeño de un estudiante o de un trabajador pueden resultar muy errados porque los algoritmos que operan son discriminatorios. Así, la reducción de la existencia humana a código binario producirá mucha más desigualdad e inequidad: bajo esta lógica ¡un blanco tendrá un mejor pronóstico que el de un latino y un rico mejor que el de un pobre! Lo más paradójico es que los que pensamos así somos los humanos. Este es el peligroso e inadvertido vacío ético.

Otro de los avances de la IA que afanosamente se están introduciendo en los ámbitos educativos, son los chatbots (chat, conversar, y bot, contracción de robot), software que automatiza procesos de conversación. Al ser su propósito simular conversaciones humanas inteligentes, cada vez estamos en menor capacidad de saber si estamos interactuando con un robot o con una persona. Su uso y alcance en educación debe ser rigurosamente analizado, teniendo en cuenta que la automatización de conversaciones está muy lejos de responder a las variadas y significativas necesidades socioafectivas del estudiantado.

Los retos del sistema educativo estaban antes de la pandemia y continuarán si los directivos y profesores no están en capacidad de tomar decisiones informadas sobre cuál tecnología usar. Antes de realizar costosas inversiones tecnológicas, necesitarán invertir más en su propia formación y conocer resultados de investigaciones rigurosas, pasadas por el filtro de los pedagogos más que por el de los expertos en informática.

La pandemia y la tecnología juntas representan también, paradójicamente, la oportunidad de desmasificar la educación. No más salones atestados de estudiantes, pero tampoco más profesores con cientos de estudiantes presenciales o virtuales (sucede en Colombia). El distanciamiento físico (mal llamado social) abre esta oportunidad. No la desperdiciemos.

Como colofón viene bien la reflexión del epistemólogo chileno Maturana: “Los seres humanos hacemos lo que ninguna tecnología puede y es reflexionar… Si desarrollamos tecnología que haga algo parecido a la reflexión, va a estar atrapada por no tener historia, simplemente es un robot. El encuentro cercano no es trivial, es fundamental, porque es parte de nuestro nexo cultural y biológico”.

Si bien la sobrevaloración de las prácticas educativas mediadas por las tecnologías implica serios riesgos para una educación que deja de lado su visión y fines humanistas, desconocer sus posibilidades también es una tontería. Lo que esperamos es llamar la atención sobre la importancia de la decisión humana por sobre el determinismo tecnológico y cómo un modelo educativo que piense en cómo contribuye a enfrentar los problemas de pobreza y miseria nunca dejará de ser un imperativo ético.

Nota: ¿qué paso con la destitución del rector de la UNAD, señor procurador? ¿Y con la denuncia del posible plagio de la tesis doctoral del mismo rector, señor fiscal? Saldo en rojo con la educación.

*Psc. Mg. Economía., Mg., Administración.

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