Por: Alvaro Forero Tascón

Regreso a la complejidad

Está cediendo la tendencia de la última década en Colombia a sobresimplificar los problemas y las soluciones.

El país está despertando de la obsesión por reducir su problemática a las Farc y reconociendo que ni esa es la causa de todos los problemas, ni todas las soluciones se reducen a la seguridad democrática.

La securitización de la agenda nacional permitió generar un consenso alrededor de la necesidad de enfrentar la violencia con determinación, que fue positivo porque las graves dificultades sólo pueden superarse con grandes consensos nacionales, pero generó como daño colateral cierto “infantilismo” que fue, en el lado de los problemas, la creencia de que se puede superar la violencia sin eliminar el narcotráfico u olvidando otros dramas tan graves como la desigualdad, y, en el lado de las soluciones, que la promesa de la derrota militar de la guerrilla era creíble, o que la política económica podía limitarse a la confianza inversionista impulsada por la seguridad democrática.

No sin cierta amargura estamos despertando a la realidad de que el “fin del fin” era una alegoría electoral, que somos la vergüenza del continente en materia de desigualdad, que la ilegalidad no es un problema limitado a las Farc sino que atraviesa toda la sociedad colombiana, empezando por el Estado. Así mismo, el país está entendiendo que el crecimiento económico tiene un alto componente externo que no controlamos y que puede desaparecer por el mismo camino que llegó, que el multipartidismo no remedió sino que agravó la politiquería, que las instituciones no son reemplazables con autoridad presidencial, entre otras crudas realidades.

La sociedad mediática de hoy ofrece innumerables estímulos a los gobernantes y a los gobernados para sobresimplificar. La complejidad cada vez mayor de los problemas alienta a buscar explicaciones que los simplifiquen, y la dificultad de las soluciones a encontrar balas de plata. Por eso, reducir la solución del problema paramilitar a los acuerdos de Ralito era más fácil que aceptar que es producto principalmente del narcotráfico y que no tiene salida política. O plantear que la seguridad era un sustituto para la paz resolvía los reclamos ciudadanos, pero escondía el hecho de que dejaba el cáncer intocado.

La capacidad de enfrentar los problemas y de concebir las soluciones en la dimensión compleja que tienen es un atributo ajeno a las sociedades de la región andina, tan inclinadas a los atajos populistas. Entender la complejidad de los problemas es necesario para hacer el diagnóstico correcto, sin el cual se equivoca el tratamiento.

El regreso a la complejidad no se debe solamente al advenimiento de la terca realidad luego del recreo triunfalista, de la mano de malas noticias como los puestos denigrantes de Colombia en los rankings de reputación de los países y los de Estados fallidos. Hay que reconocer que también es producto de los esfuerzos del presidente Santos: mostrando los retos del país al diversificar la agenda y planteando fórmulas de solución más complejas, como las de Tercera Vía, corriendo el riesgo de generar confusión entre una ciudadanía acostumbrada a la fábula infantil de los tres huevitos. Y que está logrando hacerlo manteniendo el optimismo, que es esencial para la gobernabilidad.

 

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