Por: Guillermo Angulo

Regreso paralelo

La primera vez que vio el elegante y majestuoso vuelo de los cóndores decidió que quería ser aviador. Tenía apenas 12 años, era de Fómeque y se llamaba Benjamín Méndez Rey. Lo habían llevado en excursión escolar a conocer la laguna de Chingaza. Y allí fue donde presenció el alucinante vuelo.

Empezó por el principio: estudiando mecánica en la escuela de Flandes. Luego viajó a los Estados Unidos y allí aprendió a volar en la Escuela Curtiss, donde adquirió el título de “aviador civil”.

Conocía la estructura y el manejo de esos aviones y empezó a soñar con adquirir uno y volar de Nueva York a Bogotá, en solo 40 horas.

Para hacer realidad su sueño tenía que contar con un avión. ¡Y eran carísimos! Pasando el sombre de amigo en amigo consiguió parte del dinero. Le faltaban 20.000 dólares y logró (¡quién sabe cómo!) que el Gobierno colombiano los aportara. Finalmente pudo comprar un avión monomotor Curtiss Falcon, un biplano con fragilidad de pájaro, como todos los de la época, y patrióticamente lo bautizó “Ricaurte”.

Cuando Méndez Rey estaba listo para decolar, apareció José Eustasio Rivera, quien se había adentrado —sin siquiera saber inglés— en la inhóspita jungla de asfalto y concreto llamada Nueva York, con el fin de vigilar la impresión de su novela, traducida al inglés por Earle K. James como The Vortex.

Es una costumbre muy colombiana hacer “encargos” y Rivera no era la excepción: le entregó a Méndez tres libros de su Vorágine en inglés: uno para el presidente Miguel Abadía Méndez, otro para la Biblioteca Nacional y el tercero para quien le hacía el “mandado”.

Méndez Rey inició su viaje con primera escala en Jacksonville y siguió, literalmente, “saltando matones”, pues en cada parada encontraba problemas: un alerón torcido, una tanqueada mal calculada, un daño en las alas o en los pontones de acuatizaje.

Fue parando en La Habana, Guatemala, Nicaragua, Panamá y tocó suelo colombiano en Cartagena. Pasó a Barranquilla y voló hasta Girardot, donde se le rompió el tren de aterrizaje.

Otro nombre de la aviación colombiana, Camilo Daza, acudió en su auxilio, llevándole hasta Flandes un avión con el que pudo terminar su vuelo, aterrizando —después de 40 días—, en Madrid, Cundinamarca.

José Eustasio Rivera había muerto el 1º de diciembre y su cadáver, previamente embalsamado, emprendió un viaje tan accidentado como el del aviador, recibiendo homenajes (y soportando discursos) en Cartagena, Barranquilla, Neiva y Bogotá. Pero su viaje fue más corto que el del aviador: apenas 35 días en total. Y, a pesar de haber salido más tarde, tocó suelo colombiano primero.

Desde el aire, Méndez Rey alcanzó a acompañar el cortejo fúnebre que llevó a José Eustasio hasta el Cementerio Central.

En 1935, durante la guerra colombo-peruana, el viejo Curtiss Falcon —que básicamente era un avión de guerra— desapareció, y nunca más se volvió a saber de él.

Al avión y al piloto (que no era Méndez Rey) “se los tragó la selva”…

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2019-11-24T00:00:53-05:00

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