Por: Gustavo Páez Escobar

Reinas pero desdichadas

Muy indicado el título de Reinas pero desdichadas con que Eduardo Lozano Torres bautizó su reciente libro sobre las esposas de Enrique VIII, publicado por Intermedio Editores. La dinastía Tudor reinó en Inglaterra por 118 años y dentro de ese periodo Enrique VIII ocupó el poder durante 37 años. Fue rey de Inglaterra desde los 18 años.

La famosa Casa de Tudor se caracterizó por ser una monarquía autoritaria y controvertida que jugó papel fundamental en los sucesos de Europa y del mundo, habiéndose iniciado bajo su mando la exploración de América. El tono y la severidad del régimen se reflejaron, en el caso de Enrique VIII, en la dureza —rayana en la crueldad— que el rey implantó para el manejo de sus seis esposas y sus numerosas amantes.

Su primera esposa fue Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, con quien se casó por conveniencias de ambas monarquías. En las casas reales no eran los contrayentes los que escogían a sus cónyuges, sino sus padres. El sentimiento amoroso no tenía ninguna importancia. Catalina le dio una niña, y esta murió en el alumbramiento. Un año después, nació un varón, que murió al poco tiempo. El tercer hijo nació muerto. Lo mismo ocurrió con el cuarto. El quinto parto correspondió a una niña, que sería reina de Inglaterra 37 años después. El sexto parto fue el de otra niña, y esta también nació muerta.

En definitiva, dejó de existir el hombre que se requería para asegurar la sucesión varonil de la Casa de Tudor. Mientras tanto, Enrique vivía enredado en amoríos con otras mujeres, y con una de ellas tuvo el anhelado varón, que moriría de tuberculosis años después. Todo esto significó una verdadera desgracia para el rey y su familia. Como su esposa no podía concebir hijos varones, Enrique le solicitó al papa Clemente VII la anulación del matrimonio, para casarse con Ana Bolena, una de las damas de compañía de Catalina de Aragón, petición que fue negada por el pontífice.

No obstante, Enrique se divorció de Catalina de Aragón mediante una ley del Parlamento, lo que trajo como consecuencia la ruptura entre Roma e Inglaterra y el nacimiento de la Iglesia anglicana. Con Ana Bolena tuvo una hija, y también un varón, que murió al poco tiempo. Acusada por adulterio e incesto, la reina murió decapitada por decisión de su esposo. La  quinta esposa, Catalina Howard, que había sido su amante, sufriría la misma pena de la decapitación por infidelidad con el rey.

Las otras esposas fueron Juana Seymour, Ana de Cléveris y Catalina Parr. Ninguna conoció la felicidad a su lado. El repudio hacia ellas era una constante en la conducta del monarca. Las tenía más como presas palaciegas que como las mujeres fulgurantes que les daba su condición de reinas. Con Ana de Cléveris el matrimonio nunca se consumó. Catalina Parr, la sexta esposa, fue la única que le sobrevivió.

Enrique VIII fue un soberano extraño e incomprensible, cuyo carácter displicente, ostentoso y autoritario sembraba a su alrededor una atmósfera de distancia y miedo. Sin embargo, duró 37 años en el trono. Murió enfermo y desolado.   

Este repaso histórico, que parece sacado de la fantasía, nos traslada a la rancia monarquía inglesa de hace cinco siglos. Eduardo Lozano Torres —autor de La caja de Pandora, Diccionario de mitología y Bolívar, mujeriego empedernido, del mismo sello editorial— le dedicó a la obra varios años de investigación y logra atrapar la atención del lector con estos episodios de apasionante crudeza.

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