Por: Luis Carvajal Basto

¿Reinventar la política?

Si fracasan las objeciones presidenciales en el Senado, como todo indica que ocurrirá hoy, el presidente, finalmente, puede verse forzado a cambiar su modelo de relación con el Congreso y convocar a otros partidos a acompañarlo en el gobierno.

Debido a la manera vergonzante como funciona en Colombia la política real, es difícil establecer a qué partidos representan los ministros, es decir, la administración de los recursos públicos. Puede deducirse, sin embargo, que el uribismo lidera cinco ministerios y los conservadores, dos. Los demás pueden imputarse al propio presidente, un hecho apenas natural si no fuera porque no ha logrado, como advertimos en esta columna desde su posesión, asegurar su gobernabilidad en el Congreso y crear una coalición mayoritaria con que han contado los gobiernos anteriores.

La relación del gobierno Duque con el Legislativo ha sido más agria que dulce desde el momento en que anunció su disposición para terminar lo que hemos conocido como “mermelada tóxica”, un propósito con que se identifican la inmensa mayoría de colombianos, y representa un porcentaje importante del gasto público que se pierde en corrupción.

¿Pero suspender la “mermelada tóxica”, necesariamente, implicaba renunciar voluntariamente a conformar una coalición que respalde sus proyectos, como ocurrió con la reforma tributaria y ahora con las objeciones a la JEP? Sería un error porque son dos asuntos diferentes.

Para comenzar se trataba de dos proyectos complicados: la reforma tributaria por su inherente impopularidad, mucho mayor en un año electoral. La reforma a la JEP porque se ha observado, por parte de la oposición, como una manera de boicotear los acuerdos con las Farc, convertidos, de nuevo, en bandera política.

Es prudente, en el actual escenario, recordar que el presidente Duque ganó las elecciones y el uribismo, el plebiscito en buena parte con ese discurso, siendo dos hechos políticos imposibles de desconocer aun para quienes respaldamos, en su momento, el proceso de paz aunque no hiciéramos parte del gobierno Santos. Nadie puede negarlo, comenzando por los sectores políticos que negociaron los acuerdos, incluidas las Farc.

Tampoco es posible, por otra parte, desechar lo firmado. En sana lógica se impondría una conciliación; un consenso, pero la política es más apasionada e interesada que razonable, así que nos encontramos atascados en un punto muerto.

¿Es democrático, pragmático o realista desconocer al 50% de colombianos que en las urnas han respaldado la postura del Gobierno?

Sin embargo, su presentación al Congreso, sin contar con una bancada mayoritaria, hacía presumir el desenlace. ¿Será hora de que los líderes políticos se pongan de acuerdo sobre el hecho indiscutible de que el país, y no solo el Congreso, sigue dividido y el asunto no se solucionará con la derrota de los reparos presidenciales?

Al margen de lo que ocurra hoy con la JEP, el esquema Gobierno-Congreso deberá, necesariamente, replantearse, partiendo del principio según el cual la política se refiere a negociaciones entre diversos intereses. La participación de partidos y movimientos en los gobiernos no necesariamente puede calificarse como “clientelismo”: así ocurre hoy, por ejemplo, en España luego de las elecciones de ayer en que ningún partido alcanzó mayorías para formar gobierno.

El otro escenario que se abre, si no se logra un consenso ni el Gobierno consigue su coalición, es uno en que continuará la polarización y ella se expresará de diferentes maneras, llevando el Gobierno y el país, al que no conviene un Gobierno débil, la peor parte.

@herejesyluis

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