Por: Eduardo Barajas Sandoval

Reinventarse o perecer

Arrollados por la complejidad y las mutaciones contemporáneas de un mundo que no han logrado interpretar, los partidos políticos europeos, que surgieron de posiciones diferentes ante el surgimiento del capitalismo, se convirtieron en tradicionales y ahora tienen la obligación de volverse a inventar, si no quieren desaparecer.

La vieja división entre izquierda y derecha, surgida de realidades económicas y aspiraciones sociales, más que centenarias, se ha visto desdibujada en un proceso inatajable de falta de idoneidad para asumir los retos del presente, y los del futuro, con manifestaciones en sociedades europeas de talante democrático que la vieron florecer.

El desarrollo del capitalismo siguió el ritmo que era previsible, pero las diferencias de enfoque de los partidos políticos, frente a sus efectos sociales, se fueron conciliando hasta llegar a convertirse en matices que dejaron descontentos de todos lados. Grupos cada vez más amplios de ciudadanos se convirtieron en víctimas sin representación de sus sentimientos, frente a una realidad que no les ha dejado satisfechos en sus aspiraciones de buen vivir. Así surgieron formaciones políticas nuevas, que vinieron a llenar los espacios abandonados por unos partidos que, en el concepto de muchos de sus antiguos militantes, todo lo que hicieron fue abandonar sus principios para mantener cuotas de poder en cabeza de sus dirigentes.

Las modalidades tradicionales de acción política, con el ejercicio del poder de la palabra como herramienta al servicio del discurso de interpretación de los hechos, sufrieron una ruptura imprevista. La prensa tradicional, los grupos de trabajo de organizaciones de base y las tertulias de copartidarios, perdieron poder y eficiencia. Las redes sociales vinieron a desplazar y reemplazar todo esto con protagonistas inesperados cuyos nuevos mensajes, verdaderos o falsos, se difunden con eficiencia jamás vista, que los entrega de manera individual en el reducto más íntimo de cada quién. Así quedaron desacomodados los circuitos que sostenían la antigua militancia y la orientaban al público a la hora de las campañas y las jornadas electorales.

Como era de esperarse, y para desgracia de la antigua dirigencia de partidos antes innovadores y ahora tradicionales, surgieron, en su momento, al interior de ellos posiciones “contemporizantes" que, a pesar de éxitos de coyuntura, más tarde resultaron castigadas en las urnas. Procesos de migración en la militancia fueron dando origen a nuevas formaciones políticas de reemplazo, pragmáticas, impulsadas por recién llegados, bien intencionados, por lo general sin pasado, pero a la vez sin experiencia, que plantean una que otra cosa nueva dentro de un mosaico de programas que toman argumentos de aquí y de allí, y que avanzan como por la calle del medio.

El laborismo británico abandonó sus banderas características de la era de Callaghan y terminó en el pragmatismo de la tercera vía de Tony Blair, que en concepto de muchos desdibujó la esencia de la tradición vinculada a las centrales obreras. El Partido Socialista francés llevó de milagro a François Hollande a la presidencia, y su gestión engendró al final de su mandato el estruendoso naufragio de Benoit Hamon. El Partido Socialista Obrero Español, incubado a la sombra de la social democracia europea para sobrevivir al franquismo, debilitado luego de una época de esplendor, volvió al gobierno hace unos meses en condición precaria, y ahora ha tenido que dimitir. La social democracia alemana terminó por aliarse con su rival tradicional y forma desde hace varios años parte secundaria de un gobierno de coalición que cada día debilita a sus socios.

Tal vez las cuentas de la derecha sean aún más preocupantes. En su caso, la tragedia para sus formaciones tradicionales no es simplemente la de su desvanecimiento y la aparición de matices, sino la del avance de formaciones que impulsan la xenofobia, el antislamismo y el “nacionalpopulismo”, como lo ha denominado Manuel Valls, que amenaza nada menos que la integridad de la Unión Europea.

Socialistas y conservadores, o mejor liberales, tradicionales, buscan la forma de sobrevivir en un escenario en el que han irrumpido partidos que les hacen competencia con la fórmula infalible de denunciar las deficiencias acumuladas después de décadas en el ejercicio tanto del poder como de la oposición. La propuesta de retornar a las doctrinas originales de cada quien puede resultar anacrónica. Por eso tienen que inventar algo nuevo, si quieren sobrevivir. En eso están, por ahora con resultados precarios, pues no solo tienen que defenderse de sus oponentes tradicionales, sino que deben atender también el frente de partidos similares, más recientes, con menos pasado y una dirigencia que, sea como fuere, encarna elementos de renovación.

Como todo esto se pone a prueba con motivo de las jornadas electorales, se esperaba que las elecciones al Parlamento Europeo, en mayo, serían la primera gran batalla decisoria de la disputa política entre todas las fuerzas, nuevas y viejas, en el año que comienza. Pero, así son las cosas de la vida política, las elecciones españolas, forzadas súbitamente por el fracaso de don Pedro Sánchez y su fugaz gobierno, a la hora de hacer aprobar los presupuestos del Estado, presenta una oportunidad inmediata para el 28 de abril.

El debate español, que por tratarse de elecciones circunscritas a un país despierta más entusiasmo que las de espectro europeo, servirá para demostrar unas cuántas cosas, que se sintetizan en el posible realinderamiento de los partidos y del electorado. La vigencia de las viejas y las nuevas formaciones se pondrá en evidencia. También la sensibilidad de los electores, la incidencia de factores ajenos a la discusión política ordinaria, y las ideas de los dirigentes, y de los ciudadanos, respecto de lo inmediato, y de lo extranjero. Todo bajo la mediación inevitable de las redes sociales.

Al comenzar el proceso español resulta inevitable observar las limitaciones de la estatura histórica, la prestancia política y el peso de los líderes de las diferentes formaciones que concurren a la competencia. Circunstancia que abre la posibilidad de que todo termine en uno de esos empates técnicos de agua tibia y coaliciones que solo aumentan esa sensación de desencanto para todos; parecida a la que se siente aquí, en vista de la ineptitud de nuestros partidos, que ya se volvió una forma de vivir.

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Reinventarse o perecer

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