Por: Jorge Eduardo Espinosa

Reivindicación del periodismo

He escrito en esta columna objeciones al periodismo. He dicho también que la unidad de cuerpo que recibe con sospecha y negación las críticas entre colegas ha hecho un daño inmenso al oficio. Hoy, ante el panorama sombrío que se avecina en las elecciones del 2018, quiero proponer un ejercicio distinto, uno que en lugar de señalar nuestras debilidades ponga de presente nuestras virtudes. Porque creo en el periodismo como antídoto contra el poder, porque trato de seguir el principio según el cual, ante la política, el periodismo. Y también porque hace poco menos de un año en el país del norte supo ganar un señor que representaba lo contrario a la decencia. Aquello a pesar de que los grandes medios, encabezados por el Washington Post y el NY Times, señalaron una y otra vez los peligros de una eventual presidencia de Trump, hicieron periodismo denunciando sus antecedentes con las mujeres, con sus empleados, con sus empresas; pusieron en evidencia, una y otra vez, sus mentiras, sus engaños permanentes, aquel mundo de ficción que narraba en cada discurso. Pero un porcentaje significativo del gran público decidió dejar de creer al periodismo, dudar de las portadas de los periódicos, despreciar los reportajes contrarios a sus prejuicios, acusar a todos los reporteros de estar al servicio de algún interés oculto que, a su vez, está en contra del pueblo y de la gente. Trump fue el resultado.

Los políticos criollos han aprendido la lección. Fueron testigos, como nosotros, de la fabulosa efectividad de desprestigiar al oponente. Oyeron vociferar a Trump en campaña que el gran enemigo es el periodismo “deshonesto”, que las salas de redacción están plagadas de “escoria” y de “basura”. Vieron, también, la reacción enardecida de la gente, de los tantos seguidores del multimillonario de Nueva York. Sin duda funciona, como estrategia electoral, apuntar al corazón del periodismo, debilitar su único bien, la credibilidad, con acusaciones gratuitas y sin pruebas. Es una fórmula sencilla, barata y efectiva. Consiste en advertir, desde el principio, que todos los medios mienten, que nada de lo que publican es cierto y que, en cambio, ellos contarán la verdad, la única e incontrovertible. Algún sabio dijo alguna vez que debilitar al periodismo debilita la democracia. Nada de esto es nuevo. Hitler y Stalin, Franco y Salazar, controlaron a la prensa, desafiaron a los periodistas, amenazaron  a las redacciones, callaron a los inconformes. Lo nuevo es el método. Ya no se trata, necesariamente, de matar periodistas. La amenaza es ahora más sutil. Cadenas de WhatsApp que empiezan con un mensaje que advierte que nada de esto se lo contarán a usted los medios establecidos. Tendencias en redes sociales que no buscan otra cosa que desprestigiar al periodismo y a los periodistas. Supuestos medios alternativos de dudosa procedencia que escriben, anónimamente, fabulosas teorías de conspiración y luego, en tono acusador, concluyen que los medios jamás publicarán aquellas ficciones.

Que nadie se confunda. El debate sobre el papel de los medios en las coyunturas nacionales hay que darlo todos los días. No se trata, faltaba más, de aceptar sumisamente lo que diga el periodismo nacional sobre las cosas que ocurren. No. Se trata de hacer debates serios, que no necesariamente constructivos, pero sí basados en la evidencia y en los matices. No es cierto que todos los periodistas colombianos son “enmermelados”, vendidos y tramposos. Sé, porque los veo trabajar, que aquellos bandidos son la excepción y no la regla. Las redacciones de los medios nacionales están llenos de personas que, como usted y como yo, se indignan con la porquería inacabable de los partidos políticos, con las permanentes trampas que vacían la plata de la salud, la educación y la infraestructura. Una buena parte de las denuncias contra esas corruptelas, que están ahí y están en todas partes, viene de investigaciones que las redacciones de los medios hacen, verifican y publican. Los únicos que ganan con el desprestigio permanente de los medios son los políticos de turno, los poderosos que dejan de sentirse amenazados y vigilados cuando la prensa se convierte en el enemigo. Se trata de la vieja estrategia de matar al mensajero.

No dejemos que la moda de incendiar al periodismo tome el control de nuestro sentido crítico y de nuestro sentido común. No dejemos de preguntarnos quiénes están interesados en seguir menoscabando el ejercicio de la prensa, a quién conviene que los medios desaparezcan, que las redacciones se cierren y los periódicos no investiguen. Nunca como ahora se necesitó tanto del ejercicio periodístico juicioso y escéptico. Porque cuando la realidad se compone de “hechos alternativos” y “falsas noticias”, el antídoto se encuentra en el periodismo.  

@espinosaradio 

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