Por: Arlene B. Tickner

Relaciones vecinales al diván

Hace mucho tiempo que las relaciones entre Colombia y sus vecinos, Ecuador y Venezuela, dejaron de tener sentido.

Pero el más reciente cruce de palabras entre los tres presidentes deja ver cuán impredecibles en realidad son. El mes pasado el Gobierno colombiano revelaba que la campaña presidencial de Correa había recibido aportes de las Farc y que Venezuela les vendía armas, y sus homólogos lo denunciaban por entregar bases militares a los yanquis. Tan sólo hace diez días el presidente Uribe se rehusaba a asistir a la reunión de la Unasur en Quito, por considerar hostil al país anfitrión, Correa reiteraba su condena al bombardeo de Angostura y Chávez hablaba de vientos de guerra. No en vano se daba por descontado que los líos seguirían.

¿Por qué, entonces, en el momento de mayor tensión, Uribe le pidió perdón al Ecuador y manifestó su deseo de arreglar las cosas con ambos vecinos?  ¿Y cómo se explica que Correa haya acogido ese gesto, con condiciones, mientras que Chávez lo haya rechazado de plano?

Tan inesperado giro debe corresponder a razones lógicas. Colombia se ha aislado tanto de los países suramericanos por el tema de las bases que ahora que el acuerdo está por firmarse debe comenzar a reparar el daño. Así se lo manifestarían al presidente Uribe los integrantes de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, aunque en público lo hayan respaldado. El Gobierno también puede estar respondiendo a presiones del sector empresarial para proteger la industria nacional ante el deterioro en las relaciones comerciales con ambos vecinos. En el caso ecuatoriano, la crisis económica en ciernes que enfrenta el gobierno Correa, la mella interna que parece estar haciendo el tema de las Farc y la reticencia a ser visto como títere de Chávez son buenos motivos para poner fin al conflicto con Colombia. En el venezolano, en contraste, la convicción de Chávez de que Estados Unidos quiere tumbarlo desde las bases colombianas es motivo suficiente para no hacerlo.

Todo lo anterior puede ser cierto como explicación, pero no es suficiente. Porque entender las relaciones entre Colombia, Ecuador y Venezuela hoy exige también entender las idiosincrasias de sus tres líderes. Aunque toda política exterior tiene un fundamento psicológico en las personalidades de quienes la conducen, en países como estos, en donde la autoridad pesa más que el orden legal o las instituciones, y el carisma del Presidente determina la cohesión del tejido social, los atributos personales de los mandatarios cobran aún más importancia.

Y en el caso de los presidentes Uribe, Correa y Chávez se trata de tres personalidades similares: mentalidades tradicionales, personalismo exacerbado y con fuertes tendencias egocéntricas. Su caudillismo en lo doméstico se refleja en lo internacional, en donde las relaciones —en especial entre ellos mismos— se caracterizan más por lo errático y lo emotivo, que por la constancia y la sensatez.

Por ello, además de internacionalistas, lo que necesitamos para descifrar el estado actual de las relaciones vecinales son psicólogos. Porque definitivamente, sea cual sea su desenlace, la cosa es de locos.

Profesora titular, Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes.

 

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