Por: Santiago Villa

Religiones e indígenas exigen detener la deforestación

Las comunidades religiosas de Colombia dieron la semana pasada un giro histórico: se pusieron del lado de los grupos indígenas y afrocolombianos para proteger los bosques húmedos tropicales. Si se cumple la declaración firmada por los representantes de 11 religiones del Consejo Interreligioso de Colombia, y representantes de comunidades indígenas y afrodescendientes, presenciaremos un frente común por parte de resguardos, consejos comunitarios afrocolombianos y las comunidades religiosas de Colombia, para oponerse a la fumigación con glifosato, la minería, la agricultura extensiva y la deforestación en los bosques húmedos tropicales del país.

Las 11 comunidades religiosas del Consejo Interreligioso de Colombia, además, pidieron perdón a los pueblos indígenas y afrocolombianos por los siglos de colonización.

"Colombia es hoy uno de los países más desiguales del planeta, donde acudir a la violencia para resolver los conflictos ha sido parte central de nuestra historia. Somos herencia de una colonización en la que no prevalecieron las voces compasivas de las religiones. Por ello, nuestras confesiones están pidiendo perdón a las generaciones actuales de los pueblos originarios y esclavizados, acompañado del compromiso de no repetición y de una acción reparadora, que protege la vida humana y la naturaleza con sus bosques tropicales, de lo cual hace parte nuestra iniciativa", dijeron los participantes en la declaración final de la Cumbre de la Iniciativa Interreligiosa para los Bosques Tropicales, un evento organizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, GreenFaith y el Consejo Interreligioso de Colombia. 

La ONU y GreenFaith, con financiación adicional del gobierno de Noruega, le apostaron al vínculo con las organizaciones religiosas en el objetivo de proteger los bosques tropicales porque, según un documento en la página de internet de la iniciativa: "los valores espirituales influyen en los comportamientos individuales del 80% de las personas en el mundo, y las religiones definen los valores culturales, la inclusión social, la participación política y la prosperidad económica en muchos países".

Colombia es el primer país de cinco en el que se lanzó la Iniciativa Interreligiosa para los Bosques Tropicales. Los otros son Brasil, Perú, Indonesia y República Democrática del Congo, que es donde se encuentra la mayoría de los bosques húmedos tropicales del mundo.

El propósito del vínculo directo con las comunidades indígenas responde a que las zonas donde mejor se han conservado los bosques húmedos corresponden a los resguardos indígenas. 

Irónicamente, una gran dificultad del ambientalismo es que casi nadie se opone abiertamente a él. Nadie defiende la destrucción de los ecosistemas, la deforestación y el calentamiento global. Es más evidente atacar el aumento en los impuestos o la firma de un tratado de libre comercio: temas en los que hay posiciones abiertas y un debate más o menos franco.

En cambio, incluso quienes deforestan dicen estar a favor del medio ambiente. Posan de ecologistas. Las empresas mineras y petroleras pintan sus logos de verde y azul y los decoran con animalitos. Es fácil ensombrecer la controversia con bellas palabras y promesas vacías, y hay pocas causas más inocuas que proteger aquello que nadie ataca.

Casi todos los partidos políticos asumen como una de sus banderas impedir la deforestación y ampliar la educación ambiental. En el peor de los casos cuestionan la solidez científica que anuncia un cambio climático, o se quejan de que grupos ambientalistas malintencionados, codiciosos y con afán de protagonismo quieren impedir el crecimiento económico y las pocas fuentes de empleo para las comunidades pobres que viven de la minería. Proponen conciliar la lucha contra la pobreza con la protección ambiental; el necesario crecimiento económico con el necesario ecologismo. Para eso usan la expresión "desarrollo sostenible": un anillo que se ajusta a cualquier dedo.

Es complicado enfrentarse a un enemigo que no se muestra, porque algunos querrán decir que no existe.

Por eso un interesante avance de la Cumbre Interreligiosa ha sido esa alianza con los grupos indígenas, que tienen objetivos bastante más claros y posiciones abiertas con respecto a lo que implica proteger los bosques húmedos.

"El Gobierno habla de que hay que acabar con la minería ilegal", dijo durante una de sus lúcidas intervenciones Henry Negedeka, coordinador de Salud de la Organización Indígena AZCAITA, "pero para nosotros toda la minería es ilegal porque atenta contra la vida".  

Qué tan lejos irán las comunidades religiosas en el camino de acompañar a los indígenas en sus reclamos es una pregunta central de este encuentro. Con toda seguridad, las comunidades religiosas no les acompañarán en su oposición a cualquier forma de minería en Colombia, pero deberían hacerlo a todo proyecto extractivista en bosques húmedos.  

Las intervenciones de académicos y funcionarios como Inés Cavelier, directora de Patrimonio Natural, y José Yunis, director de Visión Amazonía, aclararon que la mitad de las 220.000 hectáreas de bosque que se perdieron en Colombia durante el 2017 corresponden tan sólo a siete municipios amazónicos: San Vicente del Caguán, Cartagena del Chairá, La Macarena, Calamar, El Retorno, Solano y San José del Guaviare. 

En este caso no se trata de oponerse a grandes proyectos, sino de alterar el comportamiento de sus feligreses. Convencer a los colonos y ganaderos de la zona de que es inmoral deforestar. ¿Si se lo exigen sus iglesias, dejarán de talar los árboles? ¿Pueden las comunidades religiosas en el terreno transformar la forma como los seres humanos se relacionan con los bosques húmedos? ¿Serán escuchadas y acatadas, y podrán sus jerarquías difundir con suficiente fuerza el mensaje ambientalista, para que sus representantes lo comuniquen en esos municipios? ¿Pueden presionar al Gobierno para que les ofrezca alternativas a estas comunidades y disuadirles de deforestar? Es una apuesta difícil, pero necesaria y consecuente. 

Las comunidades religiosas no son ajenas a la acción política. La Iglesia católica, por ejemplo, fue protagónica al lograr avances en el proceso de paz con la guerrilla de las Farc; y desde un ámbito más controversial, diversas iglesias cristianas, además del catolicismo, han ejercido presión para impedir la ampliación de los derechos reproductivos de las mujeres. Las religiones afectan los comportamientos individuales, las normas sociales y la política pública. Ahora se han comprometido abiertamente con la protección de la Amazonía: confiamos, por el bien de los bosques húmedos, en que desplegarán semejantes recursos humanos y materiales para ello que para sus otras prioridades políticas.

Twitter: @santiagovillach

 

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