"El joropo es la altanería del llanero": Cholo Valderrama

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Por: Nicolás Rodríguez

Renovación animal

Va una fácil. Sin mencionar la obvia dependencia moral, emocional e intelectual que tienen los candidatos presidenciales del Centro Democrático hacia Álvaro Uribe, su mamá política, ¿qué tienen en común Iván Duque, María del Rosario Guerra, Carlos Holmes Trujillo, Rafael Nieto y Paloma Valencia?

Más allá de la buena disposición hacia el patrioterismo y la capacidad para ser serviles sin chistear, la respuesta es por supuesto bastante tonta: que son delfines. Todos los preseleccionados a marioneta pertenecen a una especie que en Colombia está en vía de conservación y goza de muy buena salud. Comparten, pues, la nobilísima suerte de haber sido criados en la casona de algún ministro, senador, embajador o abuelito presidente. Desde muy pequeños fueron alimentados con las recetas especiales para sacar ventaja y nunca indigestarse. Crecieron en un atajo. Nunca hicieron una fila.

Y esto de la condición de delfines que comparten los del Centro Democrático, además de evidente y sencillo de explicar, es de todas formas sustancial. Pues el interés programático en acabar con la oligarquía y en cuestionar el statu quo es una consigna vacía. Sin su dogmática posición frente a las Farc (o su insistencia en el castrochavismo), el Centro Democrático es una historia más de continuidades. La renovación no puede provenir de una Valencia.

La originalidad, sin embargo, tampoco es lo suyo. Eso también hay que advertirlo. Ningún grupo político por privilegiado que sea cuenta con el monopolio del delfinazgo. La hereditaria institución no es propia de Uribe y los suyos. En el mundo político nacional el delfín es una especie nativa, que se da silvestre. A cualquier Vargas Lleras lo secunda un Simón Gaviria. Entre delfines puede haber complots y trucos compartidos. Gestos de simpatía. Cría delfines y les sacarán los ojos a todos los demás.

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