Por: Jorge Iván Cuervo R.

Renuncias de ministros

La renuncia de un alto funcionario, ministro o embajador, como botín del control político es un bocado de cardenal.

 El senador Robledo tiene contra las cuerdas al decimonónico ministro de Agricultura, el sin igual mindupalma que imagina al campo colombiano como una gran aparcería, y ya cobró la cabeza del sofisticado abogado Carlos Urrutia, flamante ex embajador en Estados Unidos con la única credencial de ser gente divinamente y amigo personal del presidente Santos.

Pero desde otro sector se pide la renuncia del ministro de Defensa, toda vez que no se ha entendido su rol en el libreto de ser el policía malo de la serie la paz sea contigo. Así mismo, la ministra de Educación no se inmuta ante la caída libre de la infraestructura de la universidad nacional como construida con pliegos de condiciones de los Nule y desde que el Presidente le ordenó retirar el proyecto de reforma piden su cabeza. Del ministro Gaviria, tratando de demostrar que es posible conciliar derecho a la salud con sostenibilidad financiera e intermediación no lucrativa de las EPS, piden su cabeza los médicos y trabajadores de la salud, muy buenos para medicar ibuprofeno y muy malos para argumentar sobre qué tipo de sistema de salud consideran el más adecuado.

Al ministro de Justicia se le ha visto muy entusiasmado inaugurando acueductos en el Tolima, sin decir ni mu sobre la reforma a la justicia, y a Iragorri chiquito se le ha visto apagando incendios con orejas incluidas. De todos, por una u otra razón, el senador Robledo quisiera pedir su renuncia y yo mismo lo apoyaría en un par, pero no hemos entendido que de la renuncia de un ministro si no se obtiene un saldo pedagógico – es bueno recordar a Mockus, ese genio que lleva veinte años haciendo política y todavía se reclama anti político- para mejorar la gobernabilidad y corregir las políticas, es una victoria pírrica que sólo sirve para darle tema cada mañana a Julito y Vickisita, los inigualables voceros de la democracia participativa.

Robledo es la piedra en el zapato de todos los gobiernos, menos del de Samuel Moreno, con rigor y adustez cumple un rol esencial en la democracia, pero la oposición también tiene que aprender que todas las críticas a la gestión de un gobierno no pueden terminar en la renuncia de un ministro, salvo que haya graves fallas éticas, como las parece haber en el caso de Lizarralde. Esto es habitual en el régimen parlamentario, pero no en el régimen presidencial porque puede llevar a situaciones de ingobernabilidad. Pero en un sistema político donde el ganador se lleva todo, a la oposición no le queda otro camino.

Se ha vuelto deporte nacional pedir la renuncia de los ministros, sin mucho fundamento en algunos casos, los gobiernos ceden o aguantan con altos costos políticos, y esto sigue manga por hombro, con unas instituciones que son incapaces de resolver los problemas de la gente y unos ministros que sienten que gobiernan porque trabajan gratis para la radio de 6 a 9 de la mañana. Ya salió un ministro de Agricultura y el modelo sigue siendo el mismo, o peor.

Un ministro representa un sector político o social en un gobierno, toda renuncia implica un reacomodamiento político de suerte que ésta debe darse sólo cuando una situación ética o de incapacidad manifiesta en su gestión sea insostenible. Más gobierno y menos política es lo que necesitamos.

@cuervoji

 

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