Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Repercusiones de un terremoto

HACE 70 AÑOS, UN 29 DE ABRIL, LAS fuerzas alemanas se rindieron en Italia. Un semana larga después, el 7 de mayo, vino la rendición total e incondicional de los nazis.

Terminaba así la Segunda Guerra Mundial, el escenario de episodios de horror que no tienen igual en la historia humana (Auschwitz e Hiroshima, para nombrar sólo dos).

Como sucede inevitablemente con todas las guerras grandes, llevamos un buen tiempo discutiendo cuáles fueron las causas y las consecuencias de esta. Lo que sabemos con seguridad es que unas y otras tuvieron dimensiones globales. La literatura ha cubierto bastante bien las repercusiones sísmicas de la segunda guerra en lo económico, en lo político y en lo social. Los cambios normativos y culturales fueron igualmente profundos. Un buen ejemplo es precisamente el de la valoración de la experiencia bélica. Nuestra civilización —entre otras varias— se construyó sobre la glorificación de la capacidad de participar en grandes “máquinas de violencia” (como llamó alguna vez Federico el Grande a los ejércitos) y de arriesgar la vida en combate. Experimentar esto, demostrar a los demás y a sí mismo que no se era un cobarde, era un dato fundamental en la abrumadora mayoría de las biografías masculinas (sacando de ahí solamente a los curas católicos y otras pocas categorías): una de las principales áreas de intersección entre la historia como biografía y la Historia con H mayúscula. Definiciones básicas de la vida pública, como la de ciudadanía, estaban vinculadas con la experiencia armada. También las de República y libertad. Para ilustrar esto, el lector podría remontarse al mundo clásico; pero en realidad no tiene por qué ir tan lejos. ¿Se acuerda del bello himno de Antioquia escrito por don Epifanio?: “Llevo el hierro en las manos porque en el cuello me pesa” (cito de memoria, como de costumbre, y por lo tanto de manera inexacta). También, por supuesto, muchas categorías ordenadoras de la vida privada, como la virilidad, pasaban por ahí.

El fascismo se apoyó en esta tradición —que compartía casi todo el mundo, de izquierda a derecha y de liberales a autoritarios, con muy pocas excepciones— para construir una exaltación histérica de la guerra. La sociedad era un organismo, pregonaba, y la guerra era un instrumento fundamental para mantener su salud. Lo hacía por dos vías. De manera directa, permitía exterminar físicamente a los enemigos. No es casual que la propaganda racista de los nazis comparara permanentemente a los judíos con alimañas e infecciones que se habían instalado en el cuerpo de la nación. Pero, de manera indirecta, la guerra era fundamental también para los elementos “sanos”: aun a costa de destruir a los más débiles, fortalecía el carácter, cultivaba las mejores virtudes y forjaba a millones en el espíritu del heroísmo.

Las atrocidades de las potencias del eje y su política de destrucción masiva de vidas produjeron la bancarrota intelectual y moral de esta histeria bélica, lo que a su vez permitió el desarrollo de toda una serie de valores liberales y de prescripciones que permitían sacar de la guerra a categorías específicas de la población. Con respecto a esto, uno puede caer en dos errores: o en el típico anacronismo liberal de naturalizar aquellos valores y tomarlos por dados, o en olvidar su importancia como herramientas de civilización política y preservación de la vida humana. Pero hay una ilusión todavía más peligrosa: suponer que los avances y las lecciones que dejó la derrota nazi son irreversibles. Todos los días, más en un país como Colombia, contemplamos el irrespeto arrogante a la vida de los demás —que va desde el racismo hasta la “exaltación de la muerte” (de los demás, cómo no).

No. No hay descanso. Esa es la mala noticia. Tal vez también sea la buena.

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