Por: Fernando Araújo Vélez

Repetidos

Nos repetimos como láminas de álbum, y repetimos viejas lecciones sin entender por qué ni para qué. Repetimos el himno porque nos repitieron casi desde que nacimos que el himno era la patria, y la patria era sagrada, y lo sagrado era el paraíso, y el paraíso era el fin que todos debíamos buscar, y para llegar a él nos repitieron que debíamos ser buenos y sumisos y humildes y no dudar y, menos, preguntar, y nosotros repetimos lo mismo de generación en generación. Nos repetimos como robots, y repetimos los postulados de nuestros padres y abuelos, de nuestras tías, a quienes les repitieron los mismos postulados. Ni ellos ni nosotros nos preguntamos nada. Repetíamos, repetimos y listo.

Repetimos fechas, nombres, mandamientos, sin entender que nos han hecho repetirlos para que todo se repita, y que detrás de cada nombre y cada fecha están la academia oficial, la literatura oficial y el periodismo oficial. Repetimos lo que los profesores repiten, que repiten lo que los libros repiten, y nos hundimos en ese torbellino de repeticiones creyendo que la vida es repetir, producir, volver a repetir y seguir produciendo. Así, más vale tener un cartón que aprender, más vale llegar a la meta que descubrir el camino, y el ideal es repetir los tips que nos escupen desde los periódicos para ser felices, para olvidar, para amar, para aprender, para viajar, para escribir, para leer, para vivir.

Repetimos y no pensamos. Repetimos y no creamos. Repetimos la misma idea de felicidad impuesta, y en ese repetir, el primero que habla, el primero que difama, impone sus palabras y un poder, no por sus argumentos ni por sus pruebas, sino porque los demás repetimos lo que él grita, y grita que el fin de la vida es el amor, la familia, el dinero y demás. Nos plegamos al insulto del primero que insulta, y repetimos clics porque los otros cliquearon, y con tanto clic repetido creamos la cultura de los clics, que es repetir lo repetido porque lo importante es la cantidad, sólo la cantidad. Repetimos lo que murmuran los demás, sin poner en duda su veracidad, y linchamos a quien sea porque alguien empezó a linchar y hay que multiplicar la moda, la tendencia.

Repetimos teorías y nos volvimos un cliché, y para ser aprobados por los círculos de la intelectualidad, repetimos con gesto estudiado el nombre de Joyce e intercalamos una frase suya cada dos o tres frases. Repetimos y nos repetimos, incluso en señalar a quienes repiten.

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