Por: Ernesto Yamhure

Replanteamiento profundo

LA CRISIS QUE HA GENERADO EL escándalo de los congresistas detenidos por sus presuntos vínculos con los desaparecidos grupos de autodefensa pone en claro la magnitud de la atonía moral que padece nuestro país. El Congreso es el reflejo exacto de la sociedad y no es esta la primera vez que registramos con vergüenza cómo los representantes, nuestros representantes, van cayendo uno tras otro a la cárcel.

El problema va mucho más allá de un tema ideológico. La oposición ha querido pasar la cuenta de cobro recordando la membresía de la mayoría de los detenidos en las filas uribistas, olvidando deliberadamente que el episodio de la denominada parapolítica es fruto, precisa y exclusivamente, de un proceso que inició el Gobierno.

La desmovilización de las autodefensas, lograda por el presidente Uribe a pesar del desprestigio que ésta implicaba, abrió muchas alcantarillas que la sociedad no había querido explorar. El tema trascendía a unos hombres en armas, responsables de miles de crímenes. El tiempo nos ha permitido conocer la dimensión de los tentáculos de esta organización. Hoy, son más de veinte los congresistas detenidos y la tendencia es al alza.

En medio de las noticias surgen algunos llamados desesperados de mentes calenturientas que, sin conocer exactamente los alcances y consecuencias de sus aclamaciones, le reclaman al Gobierno la convocatoria de nuevas elecciones de Congreso. La Constitución del 91 no lo permite. Habría que modificarla y caeríamos nuevamente en un error histórico: creer en la virtud mágica de las normas.

En los últimos 17 años se han promulgado 1.185 leyes de todos los tenores. Reformas políticas, tributarias, modificaciones a la Constitución; en fin, hemos buscado a través de nuevas reglas la solución de los problemas.

Claro que hay que encontrar una salida y ésta no se halla en unas nuevas elecciones parlamentarias. Puede que al Senado y a la Cámara lleguen figuras nuevas, pero éstas tendrán que subsistir en un escenario idéntico. Es como echarle un brochazo de pintura a una pared con humedad. En poco tiempo resurgirá el problema, tal vez con mayores secuelas.

Pero hay un elemento que no se ha tenido en cuenta y es el rumbo que ha venido tomando el país en los últimos años. Sabemos que la parapolítica es el resultado de un exitoso proceso de paz. Sin éste, esa alcantarilla de que hablé más arriba seguiría clausurada. En materia de orden público, Colombia dio un viraje que considerábamos necesario, pero que muchos escépticos creían imposible. Hoy, los grupos terroristas, las mafias y los carteles del crimen organizado están viviendo su peor momento. Por primera vez en muchas décadas, los delincuentes han sentido cómo el peso del Estado los tiene francamente agobiados. Definitivamente, la política ha tenido un efecto positivo, a pesar de los muchos problemas sociales que aún persisten. Muy cándido el que creyera que en cinco o diez años esto iba a convertirse en el paraíso terrenal.

Entonces, ¿para qué cambiar? ¿No será mejor continuar con el mismo modelo y más bien mejorarlo, implementándole nuevas estrategias?

No hay que tenerles miedo a las crisis. De éstas, las sociedades aprenden, adquieren nuevas herramientas que les permiten enfrentar desafíos ulteriores y, sobre todo, maduran como lo hacen los seres humanos.

Si hemos de insistir en un cambio, éste debe ir más allá de la modificación de unos cuantos artículos de la Constitución, o de un par de leyes o decretos. Se requiere un replanteamiento sensato de las bases fundamentales del sistema y para que una iniciativa de esta dimensión tenga posibilidades reales de éxito, es necesario un gran pacto del que hagan parte todos los sectores democráticos del país, que por supuesto incluya al Gobierno. Sin el visto bueno de Uribe, fracasaríamos en el intento.

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ernesto Yamhure

Destrozando a Uribe

Condiciones inamovibles

Doblar la página

Debate por la vida

Heil Gilma