Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

(Re)probar la inocencia

Hay quienes viven  en la mentira. Y les gusta.

Es relativamente fácil entender su actitud: la mentira es cómoda porque permite vivir en un mundo artificial, fabricado por la imaginación, que escapa a los cuestionamientos. Es un universo que evade las dificultades de la pregunta y la posterior comprobación de posibles las respuestas.

No obstante, el 28 de diciembre, el Día de los Santos Inocentes, la actitud mental cambia: la evocación de un relato bíblico tomó un giro de broma cultural que transforma nuestra natural propensión a la confianza en lo que vemos, oímos y leemos. Nos preparamos para dudar de todo lo que nos digan.

El 28 de diciembre no es un buen día para proponer matrimonio, ni para revelar los resultados de una biopsia o de una prueba de embarazo…

El 30 de octubre de 1938, Orson Welles comenzó su programa radial, en vivo, con una alerta de invasión extraterrestre. Su adaptación de la novela de ficción de H.G Wells, La guerra de los mundos, fue tomada por muchos oyentes como una noticia real. Al calor de la mentira, algunos testigos llegaron a asegurar que vieron naves extraterrestres.

Si aquel legendario programa hubiera sido emitido el primero de abril —April Fool’s Day o Día de los Tontos de Abril, el equivalente a nuestro Día de los Santos Inocentes—, tal vez la audiencia no se hubiera tragado el cuento y lo hubiera disfrutado como lo que en realidad fue: ficción.

Ojalá todo el año los espectadores de noticieros radiales y televisivos, y lectores de periódicos, medios virtuales y redes sociales, mantuvieran la actitud de duda del Día de los Santos Inocentes.

“A la gente hay que creerle”, versa la máxima callejera. Cuentan que políticos como Laureano Gómez y su hijo Álvaro la solían repetir.

Esa profesión de fe, incondicional, derrumba las bases de cualquier forma del periodismo. Desde la perspectiva de este oficio a la gente no hay que creerle.

Por supuesto que si se consulta una fuente es porque se confía en ella; no obstante, después de oírla, son precisos el contraste y la verificación pues se trata tan solo de una versión entre muchas.

Si el periodismo se sometiera a sí mismo (con la presión de la exigencia de los lectores) a un permanente ejercicio de mayéutica no estaríamos bajo esta suerte de dictadura de la aceptación de las verdades reveladas. De los juicios de valor sin la más mínima comprobación previa.

La verdad se mantiene sola porque se basa en hechos reales, apela a la memoria solo para reconstruirse a partir de diversas versiones y reafirmarse en el tiempo. Y es ahí, en el reloj, en la paciencia del calendario, donde radica la gran dificultad de la mentira: requiere de buena memoria para encadenar falsedades que la sostengan.

Defendemos nuestra inocencia, aquella que nos libera de culpa. Pero cuando es entendida como ausencia de duda, nos convierte en ciudadanos incautos, irresponsables a la hora de decidir.

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2018-12-31T00:00:54-05:00

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