Por: Arlene B. Tickner

¿Réquiem para la unión en Suramérica?

Es difícil saber qué esperar de la reunión de los presidentes de Unasur en Bariloche (Argentina).

Los gobiernos de Colombia y Venezuela se preparan —dentro de una coyuntura bilateral explosiva— para defender posiciones antagónicas frente a las bases militares y, en el caso del primero, para meter otros temas igualmente polémicos dentro de la agenda, como el armamentismo y el apoyo al terrorismo.

El de Ecuador estrena puesto en la organización —lo cual ha exigido mayor mesura y diplomacia—, pero siguen latentes sus diferencias con Colombia. Y el de Brasil, acompañado por Chile y, en menor medida, Argentina, intenta salvarla de una polarización extrema que podría terminar en su exterminio. De la robusta coalición de países que actuó con rapidez y decisión ante la crisis interna de Bolivia el año pasado, queda relativamente poco. En su lugar, se ha acrecentado una compleja serie de pulsos, cuyo detonante, paradójicamente —y a pesar del supuesto ocaso de la Doctrina Monroe— ha sido la presencia militar de Estados Unidos en la región.

Hace tan sólo cuatro meses, en la reunión de la Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, la situación parecía otra. Allí, Barack Obama se reunió con sus homólogos de Suramérica para discutir el futuro de las relaciones hemisféricas. El reconocimiento, por primera vez, de un organismo regional del cual Estados Unidos no es miembro constituyó un símbolo importante del cambio de tono en Washington vis-à-vis América Latina, así como del nuevo equilibrio de poder que se avecina en el hemisferio.

Este gesto fue recibido con beneplácito por el presidente Lula en especial, para quien América del Sur ha cobrado relevancia central. El fortalecimiento del liderazgo regional de Brasil no sólo se considera un complemento indispensable de sus ambiciones internacionales, sino que existe el temor de que la turbulencia que hay en el vecindario pueda afectar su propia estabilidad interna. De allí que la creación de instituciones que cultiven posiciones de bloque, agilicen la cooperación y preserven la seguridad —independientemente de Estados Unidos— se ha vuelto un aspecto significativo de la política exterior brasileña (así como de países como Chile). Por ello, el uso estadounidense de bases militares en Colombia no ha sido (ni será) visto como un problema estrictamente bilateral.

La reticencia de Washington a brindar garantías jurídicas o de dialogar en Bariloche sobre el tema no sólo reta a Unasur sino a Brasil directamente. Y para complicar aún más la situación, la estrategia que ha utilizado el gobierno Lula hasta ahora para manejar el “factor Chávez” —consistente en evitar un pulso directo con el mandatario venezolano y “perdonarlo” reiteradamente— se ha vuelto insostenible, entre otras porque ha alcanzado a comprometer su imagen frente a la comunidad internacional.

El dilema que enfrenta Unasur es grande. Su consolidación depende en gran medida de la capacidad del gobierno brasileño de actuar como mediador, ya que es el único que goza de la confianza colectiva. Pero al mismo tiempo, el ajedrez de poder en el que se encuentra Brasil —con Estados Unidos y Venezuela, y con sus propias aspiraciones globales— hace de lo anterior una labor diplomática titánica. Tal vez tengamos más pistas el viernes.

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