Por: Julio César Londoño

Réquiem por Edward Kennedy

MURIÓ DON EDWARD KENNEDY, EL último de los varones del famoso clan (queda una hermana, una octogenaria que ha escapado de chimba al sino trágico de esta familia, a esa racha de fatalidades que dio pie para una hipérbole macabra: más distraído que el ángel de la guarda de los Kennedy).

Como nadie ignora, el clan tuvo toda la belleza, el poder, la fama, la riqueza y hasta el glamour que los dioses dispensan a las familias que les toca en suerte un ángel despistado.

Su fundador fue Joseph Kennedy, un inmigrante irlandés muy esforzado, un pillo redomado que trabajó duro para que sus hijos fueran dueños del mundo (tiene razón Woody Allen: no todos los judíos son padres, pero todos los padres son judíos). Y lo logró. John Kennedy no sólo llegó a la presidencia de Estados Unidos, sino que se convirtió en un símbolo mundial de la democracia y del charm. Una suerte de chic campeador irresistible y total. Pero cuando más brillaba el sol de los Kennedy, ¡zaz!, parpadeó el ángel y pum, un sujeto de puntería endemoniada le voló los sesos al hombre que tenía en sus manos los hilos del mundo, un premio Pulitzer, los besos y el talento de Jackie y el cuerpo y el genio de Marilyn. Lo mató la mafia por “torcido”, dicen, por aventarle los perros de la Fiscalía después de la mano que le habían dado los sindicatos controlados por la mafia en las elecciones para derrotar a Nixon. No nos vuelvas a enredar con niños bonitos, Frank, le dijeron los capos a “La Voz”. El Fiscal era Robert Kennedy, el patito feo de los Kennedy, el más bajito y el menos agraciado, pero tenía dos cualidades peligrosas: principios y valor. Fue la presión de Bob (perdón por la confianza) lo que obligó a John a declararle la guerra a la mafia. Cinco años después, Bob fue baleado por honesto.

Pero faltaba el bochorno. Que la niña de la casa se case con un muchacho pobre es grave, sí, pero hay algo peor: que se case con un viejito rico. Y eso fue exactamente lo que hizo Jackie cuatro meses después del asesinato de Bob, cuando corrió, preocupada por su suerte y la de sus hijos, a los brazos de un viejito rico y putañero, Aristóteles Onasis.

En comparación con la suerte de sus hermanos, y de su sobrino, el bello John-John, cuyo avión liviano se lo tragó el mar, la suerte de Edward fue buena. O regular, porque una noche se metió con carro y todo a un lago. En el accidente se ahogó su acompañante, su joven y bella secretaria. Edward complicó las cosas al demorarse varias horas en informar a las autoridades, enterró así su posibilidad de llegar a la Casa Blanca y tuvo que conformarse con ser el eterno senador por el Estado de Massachusetts. Sin embargo, hizo de su curul un alto ministerio y libró batallas claves a favor de los pobres, los inmigrantes, la salud y la educación públicas. Cuando Bush hijo ordenó poner en las portadas de los textos de biología un sticker que advirtiera que la evolución era apenas una teoría, Edward dijo: “está bien, pero pongamos en la Biblia otro sticker que advierta que se trata apenas de una mitología”.

“Su muerte es un desastre para el ala progresista del Partido Demócrata y para la esperanza de que el presidente Barack Obama se incline hacia la izquierda”, dijo Benjamin Barber, ex asesor de Clinton. Esta vez no fue el ángel personal de los Kennedy el que se distrajo, sino el ángel tutelar de los Estados Unidos.

Vivía orgulloso de que los republicanos lo llamaran comunista (“me preocuparé el día que esa caverna me elogie”) y le gustaba citar una frase de Octavio Paz, cuyos poemas leía con mucho esfuerzo en español: “El hecho de que el socialismo haya fracasado no significa que estén resueltos los problemas que lo originaron”.

Paz en tu tumba, Edward.

 

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