Por: Juan Manuel Ospina

Réquiem por el neoliberalismo

Margaret Thatcher resultó buena para destruir y mala para construir, e implantó un modelo económico y de sociedad que resultó peor que la enfermedad.

A comienzos de los años setenta Inglaterra estaba derrotada, arrinconada y humillada. Vivía una situación tal que permitiría estudiar cómo un país puede pasar del desarrollo al subdesarrollo. ¡El otrora gran imperio sometido a un programa de ajuste del FMI, como cualquier país del subdesarrollo! Inflación, déficit fiscal, descrédito de partidos y políticos, industria estancada, minería en crisis, servicios públicos en caída libre. Las huelgas eran el pan de cada día. La confianza nacional y la autoestima ciudadana por el suelo. Un escenario propio del subdesarrollo.

Aparece entonces una estrella conservadora en ascenso, Margaret Thatcher que llega al 10 Downing Street, como primera ministra. Y ahí fue Troya. “La dama de hierro” como luego sería conocida, contaba con la personalidad para hacerle frente a la situación: firme en sus convicciones (“estoy en política porque sé que el bien triunfará”), con una voluntad a toda prueba alimentada por una fe ciega en unos valores, que le permitían dividir el mundo entre buenos y malos, con un maniqueísmo simple pero efectivo que terminó por polarizar al máximo a la sociedad inglesa. Su sucesor, John Mayor la describió como “una auténtica fuerza de la naturaleza”. Hija de un pequeño comerciante que le inculcó una “ideología de tendero” que la volvió simple, directa y pragmática, para la cual el esfuerzo individual cotidiano y “las cuentas claras” son el secreto del éxito personal, el único que importa. Murdoch, el cuestionado magnate de la prensa amarillista británica, dijo de ella alguna vez “administra el país, como administra su casa”.

A partir de una base tan precaria, sustentada en vivencias personales, construye una política que niega lo social, “solo existe el individuo y sus capacidades”, en la que la dimensión de la solidaridad queda prácticamente anulada. Un hiperindividualismo igualmente defendido por su alma gemela norteamericana, Ronald Reagan para quien el Estado era la encarnación del mal. Ambos desmontan en sus países los pactos entre la Sociedad y el Estado, fundamento del “estado de bienestar” de corte socialdemócrata y social cristiano que desde los años 40 había presidido la época de mayor bienestar colectivo conocida por la Humanidad.
Decisiones que tendrán incidencia mundial, especialmente en la América Latina. Con ella nace la era del neoliberalismo, caracterizada por un capitalismo no regulado, centrado en el apoyo a una iniciativa individual ejercida sin restricción, en la defensa a ultranza de una supuesta soberanía del consumidor, en la liberación de los mercados con la preeminencia del capital financiero que entonces inicia su reinado desde la City londinense y el Wall Street neoyorquino.

Máxima libertad individual y mínimo estado, una economía desregulada y un “estado mínimo” serán en los años siguientes, las consignas de moda en el mundo.
La Thatcher resultó buena para destruir, mala para construir como la caracterizó el entonces presidente de los demócratas liberales británicos. Indudablemente, la sociedad inglesa necesitaba una cirugía mayor y ella tuvo el arrojo para acometerla. La crisis estructural del sistema económico mundial en curso desde 2008 y las fallidas soluciones “ortodoxas” planteadas para superarla, son consecuencias directas de la expansión de ese pensamiento simplista al conjunto de la economía mundial. El remedio neoliberal propuesto por la Thatcher en medio del desgaste del viejo modelo nacido en la postguerra, resultó peor que la enfermedad.

De América Latina a Washington, de Japón a Grecia se impone la necesidad de replantear el simplismo neoliberal imperante, y aceptar que la competitividad y la solidaridad, el individuo y la sociedad, el mercado y el estado, los sectores productivos y el financiero no son realidades enfrentadas y excluyentes sino complementarias, que cumplen tareas específicas en la vida de las sociedades y de las economías para lograr un bien común, para salvaguardar un interés general: el de esa Sociedad que Margaret Thatcher trató inútilmente de negar.

 

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