Por: Ana María Cano Posada

Réquiem por la 26

PUEDE RESULTAR UNA EXTRAVAgancia hacer en esta columna una elegía por una avenida. Tendría que aducir argumentos para atribuir carácter de símbolo a una vía, para una ciudad que tiene escasos motivos de identificación ("más cerca de las estrellas…"), y explicar por qué ya no será nunca la misma.

Comenzaré así: la avenida 26 o avenida El Dorado en Bogotá es una columna vertebral que une la base del cerro Monserrate con el aeropuerto El Dorado. Es poca cosa hasta aquí, pero su mérito es haber sido construida en 1952 con increíble generosidad en sus cuatro calzadas por lado, tres carriles de alta velocidad y otro para tráfico lento, y en algunos tramos, dos vías paralelas internas para distribuir el que va para El Salitre. Pero además, la cantidad de vegetación en los separadores, la vuelve amable como la mejor ciclovía de Bogotá.

Para quien aterriza en la ciudad, la 26, como le dicen, es la perspectiva perfecta de los dos soberbios cerros que la presiden: Guadalupe y Monserrate se ven como presagios climáticos; si están soleados o paramunos, ocultos o lluviosos, o acabados de lavar por un aguacero. En la avenida se ven dispuestas al paso esculturas de Bernardo Salcedo, Eduardo Ramírez Villamizar y otros artistas. Y a pesar de los 60 años que han pasado, la Avenida El Dorado tenía suficiente vigor para distribuir su flujo a lo largo de su recorrido hacia distintas zonas bogotanas y esta fue la razón por la que vio crecer en sus márgenes los edificios institucionales más significativos, y un nuevo Bogotá que le nació adyacente, en toda la extensión de la Ciudad Salitre.

Esta oda a la avenida, que los que habitan Bogotá tienen que atravesar como mínimo dos veces a la semana, y los que visitan la ciudad están obligados a llegar y a salir por ella si lo hacen en avión, remata en la enorme tristeza que produce ver eso que la volvieron. Es de no creer.

Una marea de corrupción e improvisación arrastró aquella arteria y ahora es un laberinto de desvíos y trancones, como si no importara abrir una herida honda en plena ciudad. Por tratar de acomodar a la fuerza a Transmilenio en esta avenida, han conseguido que ya no pueda ser nunca la misma, porque no tendrá la disposición vegetal ni repartirá los carriles de alta velocidad y los de baja; algo que en otras ciudades, simplemente uno de ellos se dedica al transporte masivo sin necesidad de acabar con la vía ni con el pavimento que, como cosa rara, en la 26 era el único que no tenía huecos ni desniveles en una ciudad horadada como la superficie lunar.

El peor de los mundos es que después de varios años de desbarate termine inservible la que era antes una bella avenida, y además su Transmilenio resulte ineficaz. Se le metió pues una mano irresponsable a lo que tendría por qué ser un patrimonio urbanístico intocable en la principal ciudad de Colombia.

Guardadas las proporciones, es como si después de haber hecho el viaducto en Medellín al comienzo de los 90, éste permaneciera como una catástrofe urbana por su enorme movilización de tierras y propiedades, sin que sirviera para transportar por mes los casi 12 millones de viaje/pasajero que realiza. Cuando esa obra descomunal pasó por el corazón de la ciudad, muchos urbanistas y ciudadanos acusaron el golpe, pero cuando el metro logró ponerse en marcha, tras mil obstáculos, hace 15 años, reacomodó una vida cotidiana que ya es impensable sin él.

Aunque lo cierto es que no existe en Medellín, en Bogotá ni en otras ciudades colombianas otro referente de una avenida construida con esa holgura, que sirva para entrarse hasta el futuro. Réquiem por la 26.

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