Réquiem por la democracia

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Es el peor de todos los sistemas de gobierno, con excepción de todos los demás sistemas.

Y la mejor expresión de ese sistema es la Constitución de Filadelfia, cuyo secreto no es tanto el voto popular, sino, ante todo, la separación de los poderes públicos. Pues hoy la democracia de Estados Unidos atraviesa su momento más difícil en dos siglos y medio, porque estos dos pilares han entrado en conflicto.

La democracia, por supuesto, necesita que los gobernantes sean elegidos por el pueblo. Pero a veces el pueblo puede ser arrastrado por pasiones o, más precisamente, por el odio hacia algún enemigo imaginario, y esto lo lleva a elegir a un caudillo que a su vez acaba con la independencia de las demás ramas del poder público.

Donald Trump es lo más parecido a un caudillo que ha llegado a ocupar la Presidencia de Estados Unidos en dos siglos y medio. Washington (a diferencia de Bolívar) era un demócrata genuino, y tanto Lincoln como Roosevelt, para citar a los dos más poderosos, se enfrentaron a enemigos muy reales: una insurgencia armada de los estados del sur y los ejércitos de Hitler, respectivamente.

Trump, en cambio, fue elegido para luchar contra un enemigo imaginario: contra el resto del mundo que, según su discurso, tiene la culpa de los males que aquejan a ese 40 o 45 % de la población que lo apoya con rabia. Los migrantes latinos que traen el delito, los negros que amenazan su cultura, la China que los dejó sin empleos, Europa que no paga por la OTAN, Colombia que no acaba con la coca e incluso Ucrania que esconde a delincuentes…

Ese 40 o 45 % de la población blanca, campesina, cristiana y resentida es el pueblo que eligió a Trump, sostiene a Trump y para el cual gobierna Trump. Gracias a su apoyo enfurecido, Trump se adueñó primero del Partido Republicano, cuyos principios, uno por uno, eran contrarios a los que él le ha impuesto.

Y el partido, a su vez, se convirtió en el caballo de Troya para invadir y dominar las demás ramas del poder. El Senado, donde la mayoría republicana acaba de absolverlo de manera aplastante y vergonzosa. La Rama Judicial, con 191 jueces de las altas cortes y con dos magistrados de la Corte Suprema que inclinarán durante muchos años la balanza hacia las posiciones más retardatarias. O, para no ir tan lejos, la orden que impartió esta semana para que los fiscales pidan condena rebajada para su compinche Roger Stone.

Este es el drama que hoy vive Estados Unidos y que —gracias en parte al sistema electoral y en otra parte a la confusión, inevitable, del Partido Demócrata— va camino de alargarse por otros cuatro años. Un daño irreparable para el mundo.

Coletilla. ¿Sabe la amable lectora o lector de algún otro país o países vecinos donde un caudillo elegido para derrotar a un enemigo imaginario o inflado haya quebrantado la separación de los poderes o haya cambiado la Constitución para reelegirse?

* Director de la revista digital “Razón Pública”.

 

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