Por: Diego Aristizábal

Resistir el temporal

Durante mucho tiempo los colombianos ingratos poco o nada sabían de Tomás González. Sus libros se publicaban, alguno ganaba un premio: “Para antes del olvido” (1987), pero apenas un puñado atento de lectores sabían lo que en realidad se cocinaba en cada una de sus primeras obras.

Luego de un largo silencio editorial, siete años después de publicar “Los caballitos del diablo” (2003), aparecieron “Abraham entre bandidos” (2010) y “La luz difícil” (2011); desde entonces creo que son muy pocos los colombianos, por fortuna, que no saben quién es Tomás González, ese escritor discreto, así suene redundante, que en 2006 fue nombrado por la desaparecida revista Piedepágina como “el secreto mejor guardado de la literatura colombiana”.

Pero Tomás ya no es un secreto; por eso sus lectores celebrábamos la aparición de sus libros que en los últimos años ha sido intensa: “El lejano amor de los extraños” (2012) y ahora “Temporal” (2013), una novela corta que deja al descubierto las pasiones más oscuras entre un padre y sus hijos que deben ir a pescar mientras la amenaza del temporal hace que todo esté dispuesto para una gran tragedia.

Cada tanto aparecen las voces de los turistas que en una playa del Golfo de Morrosquillo nos recuerdan los fatídicos coros de las tragedias griegas y nos hacen sospechar un horrible desenlace. Mientras tanto la madre, en medio de sus locuras, escucha también en coro como acertadas premoniciones: “Lancha, lancha que se enreda bajo su soledad”, respondió la multitud recordándole así de la existencia del padre, su marido, el Rey, a quien Nora había olvidado mientras sorbía la cabeza del pollo y partía con el tenedor el ñame”. Por supuesto estas voces no tendrían sentido si los pensamientos y las miradas de quienes van en la pequeña embarcación no expresaran: “Sólo la muerte existe” o “los hijos siempre están esperando la muerte de su padre”.

Lo interesante de este relato es que todos los lectores estamos a la deriva en la lancha, todos estamos a la espera de que pase lo que tenga que pasar mientras sentimos la angustia del tiempo que nos hace creer que en cualquier momento quedará en nosotros la hora exacta de la desgracia mientras vemos cómo “el agua empezaba a ponerse azul oscura en su rápido camino a la negrura”. Es como si en esa embarcación se montara el destino, como si los héroes no pudieran oponerse al cumplimiento de la premonición del sabio oráculo de la locura que nos sugiere que pronto la lucha no será contra el mar, contra el temporal, sino contra ellos mismo.

En esta novela uno sabe que algo va a pasar y efectivamente pasa, sólo que no es lo que las miradas o el mar sugieren, es algo peor. No siempre la muerte es la tragedia, a veces seguir viviendo, resistir el temporal, es un doloroso castigo. 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Diego Aristizábal

La dicha de aprender

Lo que cambia la lectura

Leer porque sí

Leer enferma

Querido Onetti