Por: Mauricio Rubio

Respetar no implica preferir

El mejor amigo de Ana, mi hija de trece años, es gay. Hace poco ella me preguntó a  quemarropa si yo habría aceptado que Daniel, su hermano, fuera homosexual.

– Por supuesto

– ¿Lo querrías igual?

– Clarísimo

– Pero, ¿prefieres que no sea gay?

– También claro, adivina por qué

– Porque no tendrías nietos por ese lado

Le aclaré que por eso mismo me importaría menos que ella, o María, la hermana mayor, fueran lesbianas. Podrían tener hijos, y yo nietos, sin hacer maromas, ni afectar seriamente la vida de una madre subrogada.

No es la primera vez que Ana, aún no contaminada por el pensamiento correcto, sale con una respuesta totalmente espontánea en la que destaca la importancia de reproducirse. Con cinco años, un día me preguntó intrigada por las pandillas de Belice que yo estaba estudiando entonces. Le expiqué que las chicas emigraban hacia los EEUU, a los chicos no los recibían allá, se quedaban solos en su barrio, y cuando los jóvenes en grupo no encuentran novia se ponen inquietos y hasta peligrosos. Sin yo haber mencionado matrimonio y mucho menos reproducción, inmediadamente anotó: “sí, es que cuando uno quiere tener hijos y no encuentra con quién… eso es muy aburrido”.

La intuición de Ana tiene raíces profundas, aunque ese instinto básico haya sido declarado hace tiempo construcción cultural y ahora, algo estigmatizado, se considere una mala decisión ambiental. En todas las especies se conocen estrategias evolutivas basadas en la selección por parentesco (kin selection), también llamada altruísmo nepotista. Los vínculos de reciprocidad tribales o familiares fueron reconocidos desde la formulación inicial de la teoría de la evolución como elemento clave de la lucha por la supervivencia. “Cuando dos tribus empiezan a competir, si una de ellas tiene mayor número de miembros valerosos, compasivos y fieles, siempre dispuestos a protegerse mutuamente del peligro, a ayudarse y a defenderse, esta tribu triunfará y conquistará a la otra” anotó Darwin.

Hace medio siglo, la ‘regla de Hamilton’ en biología postuló que el altruísmo familiar depende invariablemente de la cercanía genética, y se observa desde las hormigas hasta los seres humanos. El biólogo W.D. Hamilton extendió el concepto de adaptabilidad evolutiva (fitness) para sumarle los efectos sobre familiares cercanos. “La selección por parentesco explica el patrón universal de favorecer parientes. En los seres humanos, diferentes creencias y costumbres determinan los patrones, pero el resultado es siempre el mismo: es preferible un pariente a un no pariente”, o a ningún pariente. No se han identificado factores congénitos que expliquen esta tendencia, pero biólogos y antropólogos concuerdan en que todas las especies, incluyendo los seres humanos, actúan como si se tratara de algo instintivo. Algunas ardillas distinguen hermanos de medio hermanos y de no relacionados. El parentesco es un excelente predictor de que un murciélago comparta su comida. Una razón para que, a diferencia de otros primates, los chimpancés hagan incursiones cooperativas para atacar es que las hembras, no los machos, emigran del grupo mientras ellos están emparentados. Los humanos criminales o corruptos actúan en clan familiar.

La madre decide, en muchas especies, con quien se asociarán sus infantes. Es ella la que define, a través de su comportamiento, “qué otros individuos serán considerados por sus crías en desarrollo como congéneres familiares y por lo tanto identificados y tratados como parientes”.

Volviendo a Ana, la racionalización de mis preferencias instintivas con Daniel no requería a Darwin: bastaban unos datos demográficos. Mis chances de ser abuelo son del 87%, pero si él fuera gay se reducirían al 34%, una cifra a la baja por las salidas de armario cada vez más tempranas. Como intuí aquella vez, la probabilidad de descendencia por mis hijas es mayor: 95% y, de ser lesbianas, 77%. A mi alrededor observo que ser abuelo es un verdadero goce, y que la saciedad no es obvia: cualquier adición es bienvenida, horizontal o vertical. “Ya estoy para ‘bisabueliar’, necesito ser bisabuelo” anota garoso Daniel Samper Pizano.

Con toda la razón, el activismo LGBT busca que respetemos la orientación sexual de cualquier persona, pero se pasa al pretender que seamos indiferentes ante la diversidad en la familia, que la celebremos. Yo definitivamente prefiero tener prole; por la regla de Hamilton no me entusiasma la adopción, homosexual o no, y rechazo los vientres de alquiler por el daño que causan.

¿Será imposible aceptar que la angustia de muchas familias al enterarse de que su hijo es gay no tiene que ver con el odio, no es una guerra, sino tal vez la insatisfacción visceral con eso que en China llaman la “rama pelada” que no contribuye al árbol genealógico?

* Facultad de Economía, Externado de Colombia

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