Por: Antonio Casale

Respeto

Tuve la fortuna de asistir la semana anterior al partido válido por Champions, disputado entre el Barcelona y el Milan.

Más allá de lo futbolístico, pues las diferencias técnicas con nuestra Liga se hacen más evidentes en la cancha que en la televisión, gracias al talante de las figuras que disputaron el encuentro, varios aspectos de logística y comportamiento de la gente me llamaron la atención y pueden servir como marco de referencia para mejorar nuestro espectáculo.

Las entradas, compradas por internet, las imprimí en un cajero automático, haciendo más breve la compra online y evitándome los recargos por domicilio. La entrada al estadio fue fácil. Después de superar un único anillo de seguridad, custodiado por personal de logística y no por la fuerza pública, encontré un estadio dotado con cerca de 90 puertas de acceso. En la boleta estaba impreso el número de la puerta por la cual debía ingresar. Las sillas asignadas estaban libres a la hora de entrar al estadio, unos diez minutos antes del comienzo del partido. Todas las personas buscaron la silla que correspondía a la boleta que habían comprado, ocupando estrictamente su lugar.

Detrás de cada valla de publicidad, cuya cara visible se observa en la televisión, se leía la palabra “respeto”, justo al lado del logo de la UEFA. De esta manera, la gente que estaba en la tribuna oriental tenía en su panorama visual unos cien mensajes con esta palabra, justo en el borde del campo de juego. Sin duda, una invitación a la sana convivencia.

Durante el partido, debo confesar que no oí un solo insulto en contra de los jugadores de ningún equipo, el árbitro, algún directivo o la barra del equipo italiano, cuya tribuna de ingreso tenía un aviso en letras gigantes en el que se leía la frase “Bienvenidos todos los hinchas del equipo rossonero”, en italiano, con el escudo del Barcelona a cada lado.

Detrás de uno de los arcos, unos mil hinchas alentaban con sus banderas al Barcelona. Ellos fueron la música del estadio. Al minuto 17 de cada tiempo y durante un minuto el abarrotado estadio cantó al unísono pidiendo la independencia; esto responde a un eterno deseo separatista del Gobierno por parte de la comunidad catalana, que se ha exacerbado con ocasión de la crisis. Eso sí, no se oyeron insultos en contra del Gobierno ni nada parecido.

A la salida, después de un gran partido, en cuestión de 20 minutos observé cómo todo el estadio y sus alrededores habían quedado desalojados. En parte gracias a la buena cantidad de puertas de salida del escenario y en parte por la excelente estructura de transporte público con que cuenta Barcelona. Eso sí, vi pocas mujeres y en cambio muchos niños acompañados de sus padres.

Es cierto que en Europa tuvieron que matarse durante unos cuantos siglos de más para que entendieran que pueden convivir unos con otros a pesar de la diferencias. Pero referencias como las que acabo de anotar deberían al menos hacernos tomar conciencia en torno a que la violencia en el fútbol no sólo es una cuestión de algunos miembros de las barras bravas. Todos tenemos una cuota de responsabilidad para que esto mejore, desde la cancha hasta la tribuna. El fútbol puede ser también ejemplo de convivencia. Una buena cuota inicial para lograrlo podría ser el respeto de cada individuo por las diferencias de color, estrato, raza e ideología de los demás.

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