Por: Santiago Montenegro

Réspice Brasilia

CON EL GOBIERNO DE JUAN MANUEL Santos está cambiando también la política exterior.

El cambio más notorio y el que ha estado en los titulares de los periódicos y los noticieros ha sido el encuentro con Chávez en San Pedro Alejandrino y el restablecimiento de relaciones entre los dos países. Todos esperamos que eso salga bien, pero la relación con Venezuela no es la transformación más importante de la política exterior del nuevo gobierno. Por lo mostrado en una semana y por las señales que envió el candidato electo en sus giras por Europa y Latinoamérica, es perceptible un cambio de gran profundidad en la política exterior de Colombia. Puesto en pocas palabras, finalmente Colombia parece aceptar que Brasil es, junto a los Estados Unidos, la otra gran potencia del continente y  además, un país con aspiraciones a convertirse en  potencia mundial. Es increíble que a tantos gobiernos de Colombia les haya tomado tanto tiempo convencerse de dicha realidad. La ignorancia que se ha tenido de la historia, de las instituciones y de la economía de Brasil en nuestra Cancillería, en los ministerios y por parte de los altos funcionarios, es legendaria. Y, con muy pocas excepciones, la calidad de nuestros embajadores en Brasilia ha dejado mucho que desear. Así, la anunciada visita del presidente Santos a Brasilia, programada para el primero de septiembre, es práctica y simbólicamente muy importante.

En sus excelentes memorias, Fernando Henrique Cardoso escribió que todos los países tienen una gran sueño y un gran miedo. El gran sueño de Brasil ha sido llegar a ser potencia mundial y su gran temor, no poder lograrlo. Y durante más de sesenta años, el gran temor de Brasil ha sido no poder refutar a Stefan Zweig cuando afirmó que “Brasil es el país del futuro y siempre lo será”.

Alentado por su gran tamaño, por su población y por sus inmensos recursos, desde hace ya tiempo Brasil está estimulando la creación de nuevas instituciones internacionales, como Unasur, con el fin de ejercer contrapeso a los Estados Unidos y también a México, el otro país latino que podría disputar en alguna medida las aspiraciones de Brasil en el continente. Así, aceptando su condición de país mediano, Colombia podría jugar un papel relevante entre las aspiraciones de las dos potencias del continente, los Estados Unidos y Brasil. Podríamos jugar un papel semejante al que tiene Egipto entre los países árabes y los estados en Oriente Medio o al que juega Chile entre las aspiraciones de la Argentina y de Brasil, de quienes recibe especiales consideraciones provenientes del hecho de que en sus visiones de largo plazo esos países no descartan una guerra entre ellos. Además, aprendiendo del mismo Chile y del Perú, Colombia debería abrirse a todos los países del mundo, en especial a los de Oriente y a los de la cuenca del Pacífico. De ninguna manera, el replanteamiento de nuestras relaciones con Brasil deberá significar un alejamiento de los Estados Unidos.

Con este país hemos mantenido excelentes relaciones desde los años veinte del siglo pasado y tenemos que mantenerlas. Pero, después de un siglo, es ya tiempo de reemplazar el réspice polum de Marco Fidel Suárez: “mirar hacia la estrella del norte, hacia los Estados Unidos”, por un réspice similia, mirar a los semejantes. Pero, en la realidad práctica de la política internacional, sería una combinación de la vieja réspice polum y una nueva réspice Brasilia, que no nos deberá impedir mantener buenas relaciones con todos los países del continente.

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